QUIENES DICEN ver en Morelos un aumento exponencial de homicidios dolosos, no habrán quedado conformes con el reporte de que mientras en Veracruz ese delito subió 77.9% con relación a 2011, aquí fue 2.9%.

Para efectos de golpeteo político con fines electorales, no le quedará muy bien a los priistas ver la paja (delito) en el ojo (estado) ajeno, y no ver la viga en el propio (gobierno federal), así como en otros (Hidalgo).

Los azules tlahuicas también se muerden la lengua cuando hablan de inseguridad, al ignorar que los asesinatos crecieron en gobiernos de sus colores 181% (Baja Calif.), 971% Baja C. Sur y 70.6 (Guanajuato).

LA COMISIÓN de delitos de alto impacto y otros no es exclusiva de Morelos, donde se libra una lucha sórdida que prospera en modalidad de homicidio doloso, por ejemplo, y por otro salta el robo de vehículos.

Pero más allá de los hechos criminales, viene a colación la queja del presidente Peña Nieto sobre el “bullying” contra los encargados de la seguridad; Morelos tampoco está exento de esa práctica autodestructiva.

No satisface el trabajo de los cuerpos de seguridad estatal, como tampoco los milagritos que se le cuelgan, en casos como el del empresario muerto en Guerrero y el del joven en un antro de Río Mayo.

POR CIERTO, a diferencia de prácticamente el resto del país, Morelos persiste en su esquema de no depender de las fuerzas armadas para tareas de seguridad pública, aunque no deja de tener coordinación.

La administración azul de Felipe Calderón no satisfizo en general a los mexicanos en seguridad y la gestión tricolor de Enrique Peña es blanco de ataques no menores, en tanto el próximo ciclo representa un enigma.

¿El Movimiento de López Obrador? Sí, en su proyecto alternativo de nación pondera reducción gradual de Sedena y Marina en las calles y capacitación a los elementos, lo que hace cinco años se trabaja en Morelos.

AL MENOS para normar criterio y no caer en el desgarramiento de vestiduras por la inseguridad, tal vez valdría asomar un poco más allá de Huitzilac y más abajo de Tlaquiltenango, con los pies en la tierra.

Por E. Zapata / [email protected] /  Twitter: @ezapata19

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