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EN OCASIÓN del penoso homicidio del empresario Rafael Arámburu, no faltaron dos-tres mercachifles del dolor que buscaron protagonismo y/o el beneficio político con miras al proceso electoral, de ahora al ’18.

Mala combinación la procuración de seguridad y justicia con arranques de fama pública, política partidista o frustración de grupos, porque se pervierte lo primero y se abona a la incredibilidad en las instituciones.

Bajo la lógica de quien que no puede vivirse en Morelos a causa de la inseguridad, habrá de colegirse que tampoco en Guerrero, Veracruz, Tamaulipas, Michoacán, Edomex, Puebla, Chihuahua, Durango, Hidalgo…

EL ESTADO de Morelos no es ajeno a la crisis nacional de inseguridad, con particularidades que arrojan datos duros, curiosamente diferentes a la percepción social, producto ésta de una amplia gama de variables.

Al margen de la claridad que va surgiendo en el caso de Arámburu y otros presuntos plagios, la intensa e insistente versión de que Morelos es invivible permea en el ánimo social y se forja una realidad alterna.

Las cifras de homicidio, secuestro, extorsión y robo, entre otras, se ven superadas con mucho no por una cantidad de casos sino por uno solo de ellos cuando el infortunado en turno es alguien de renombre social.

RECIÉN EL Consejo Ciudadano de Seguridad Pública de Morelos dio un reporte de los índices de seguridad, en el que destacan sinos a la baja en la mayor parte de los delitos cuantificados, pero no se les justiprecia.

En tanto ella extorsión ha sido disminuida en rango del 90 por ciento, la existencia de 23 casos de enero a julio de este año no deja de ser suficiente base para percibir que se viven los peores días en ese sector.

El secuestro registró 22 casos en siete meses, cuatro más que en 2015 y uno menos que en 2016, sin embargo basta un solo caso para que la percepción de peligro permee en la sociedad, sobre entre los oficiosos.

TAL VEZ si algún oficioso o ansioso de cargo público en el 2018 valorara lo que significaron 862 homicidios dolosos en 2012, sería más mesurado en sus desgarres de vestiduras y ganaría algo de vergüenza.

Por E. Zapata / [email protected] / Twitter: @ezapata19