Es miércoles a medio día, circulo en un Uber por Cuernavaca y el chofer se queja amargamente de la situación económica citadina. Son vacaciones, pero los turistas no la abarrotan y las expectativas de Uber de crecer gracias a los visitantes de la ciudad de México no se han cumplido. 
Lo dice el chofer con sabiduría: la ciudad ofrece muy poco a sus visitantes y, por eso, los que todavía vienen llegan con el súper, se encierran en sus casas y no salen. Mientras lo escucho, pienso en todos los eventos programados para esta Semana Santa en la ciudad y de los cuales los visitantes jamás se enterarán.  
Además, me acuerdo de lo que, sobre el tema,  dice Gabriel Zaid en su libro “Dinero para la cultura” (Debate, 2013): “Los asientos vacíos en los conciertos, funciones de teatro, ópera, danza y cine, conferencias; los libros no leídos en las bibliotecas y bodegas; las revistas, programas de radio y televisión o páginas web que nadie sabe que existen; los discos y videos no vistos ni escuchados; las exposiciones, museos, monumentos y sitios arqueológicos no visitados; los cursos, becas y concursos no aprovechados; los archivos no consultados; las ciudades y públicos a donde nunca llega la oferta cultural; son oportunidades perdidas para los que ofrecen algo valioso y, sobre todo, para su público potencial.
“Hay personas enteradas que aprovechan la oferta cultural, pero son pocas. Para una gran parte del público, es común enterarse demasiado tarde o ni siquiera enterarse. Los que viven en otra parte, no están en el medio, se pierden de muchas cosas (con frecuencia gratuitas) que pudieran interesarles. 
“No hace falta mucho dinero para que la oferta cultural llegue a más personas. Muchas salas vacías no se explican por la mala calidad de los que se ofrece, la incultura del público o los precios altos (cuando los hay), sino por falta de información oportuna o dificultades prácticas de acceso al lugar donde se ofrecen.” 
También recuerdo que, desde el 2012, el reglamento de anuncios de la ciudad establece que el mobiliario urbano deberá utilizarse exclusivamente para promover actividades culturales. Ya van seis años y nadie lo ha utilizado. El artículo 130 del reglamento estipula que el mobiliario urbano (postes de electrificación, telefónicos y luminarias) solo se utilizará para anunciar la cartelera cultural de la ciudad. El ayuntamiento colocará en los postes una estructura metálica para sujetar por la parte inferior y superior los anuncios.  Todos los anuncios deberán ser uniformes en tamaño y altura
Esta idea no es novedosa. Se practica en muchas ciudades exitosas que  utilizan los postes para anunciar de manera ordenada y limpia las actividades culturales. El mecanismo permite que el mensaje llegue a gran cantidad de personas, incluyendo a los turistas. 
Además, las banderolas culturales mantienen limpios los postes al tiempo que generan la sensación de que la ciudad es un lugar vivo, con muchas cosas interesantes por hacer.
Poner en marcha esta propuesta no requiere dinero sino voluntad política;  un genuino interés por aprovechar todas las herramientas para sacar adelante a la ciudad y entender que los detalles, el orden y la belleza resultan muy atractivas y rinden frutos políticos.  
Tanto la administración estatal como la municipal han invertido en la cultura. Hagamos que más gente la disfrute y que el trabajo de los artistas sea mejor recompensado. Que la siguiente Semana Santa sean días llenos de opciones interesantes para los turistas. 
Por cierto, estimado lector, en el museo La Casona Spencer (Hidalgo 22, Col. Centro) se muestra la exposición “Los creativos del vidrio”, conformada por la obra de diez artistas que trabajan con este material. No se la pierda, la puede visitar todos los días, de once a cinco de la tarde. 
 

Por: Vera Sisniega / www.verasisniega.org

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