Tras el sismo del 19 de septiembre pasado, las cascadas de Agua Azul, en Chiapas, perdieron su cauce habitual. La noticia ocupó las primeras planas de los periódicos y causó consternación, pues la pérdida ese patrimonio natural sería una enorme tragedia.
Ante la presión de los medios, las autoridades estatales dijeron lo de siempre: que realizarían un diagnóstico y, derivado de éste, harían un plan de trabajo. El asunto tomaría meses.
Por su parte,  los habitantes del pueblo vecino a las cascadas se organizaron y, sin ninguna intervención gubernamental, lograron que éstas volvieran a la normalidad. Al pueblo le tomó un día resolver el asunto, el gobierno planeaba tardarse meses.
El ejemplo anterior es vistoso y claro, pero en realidad vivimos rodeados de casos semejantes. Parques que en un día podrían quedar presentables, pero que la autoridad tarda años en repararlos; banquetas rotas que a los vecinos les tomaría una jornada laboral arreglar aunque todavía esperamos que el gobierno lo haga.
Muchos dirán que esa es la función de la autoridad y tienen toda la razón, pero ¿hasta cuándo seguiremos esperando? Son años y años de gobernantes y funcionarios que incumplen con sus funciones.
Algunos tendrán su esperanza puesta en la siguiente elección y en la llegada de nuevos gobernantes, pero ¿cuántas veces hemos creído que otra camada de representates cambiará nuestra suerte? Lo más probable es que, salvo uno o dos nuevos, la mayoría serán más de lo mismo.
Así que una muy clara alternativa a esta espera es actuar directamente y resolver los problemas por nosotros mismos. Claro, eso implica que en vez de sentarnos cómodamente a criticar a la autoridad pasemos a trabajar por la comunidad.
Cada que una persona hace lo que le corresponde al gobierno demuestra lo inútil que éste resulta. En realidad no hay mejor medida para oponerse al gobierno que empezar a ignorarlo, demostrando a nuestros vecinos y a nosotros mismos que no lo necesitamos.
Es decir, participar no es algo que otorgan los gobiernos sino que los ciudadanos toman, pues está al alcance de todos. Participar es tomar una escoba y salir a barrer la calle; es arreglar la banqueta rota o pintar el paso peatonal que hace falta. Para eso no se requiere del permiso de nadie.
Claro, también es hacer una solicitud de información, mandarle una carta a tu diputado, ir a una reunión con tus vecinos. Las formas son infinitas, pero lo que es claro es que no hay manera de liberarse de esa responsabilidad y tener una sociedad justa, segura, próspera.
Sin participación nunca tendremos el gobierno que nos merecemos. Por eso,  empezar a resolver los problemas que afectan a la comunidad es la mejor manera de construir, a mediano plazo, gobiernos responsables. En la medida que tomemos los problemas en nuestras manos, los gobiernos empezarán a preocuparse y, poco a poco, podremos esperar que éstos hagan su parte.       
Además, si no estamos dispuestos a dedicarle un par de horas semanales a nuestra comunidad jamás tendremos la ciudad, el estado y el país con el que soñamos. Hay que rebasar al gobierno y demostrar con toda claridad su inutilidad, pero sin perjudicarnos.
Tal vez en nuestra próxima lista de propósitos de año nuevo deberíamos incluir dedicarle dos horas a la semana a nuestra comunidad sin cobrar o, si de plano no tenemos tiempo, donar dinero a una organización que haga ese trabajo.
 Además, también opino que debe construirse un parque lineal sobre las antiguas vías del tren de Cuernavaca. La ciclopista de Vista Hermosa es un gran éxito que se puede replicar a lo largo de toda la vía del tren. Cuernavaca necesita espacios públicos y ahí está todo ese enorme terreno desperdiciado.

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org