Hace unas semanas, Andrés Manuel López Obrador dijo que, de ganar la presidencia de la República, reubicaría a las secretarías de Estado en diferentes entidades federativas. Por ejemplo, propone que la Secretaría de Educación, en vez de estar en la Ciudad de México, se instale en Puebla; que la Secretaría de Salud se ubique en Acapulco y que el Banco Nacional de Obras y Servicios Públicos (Banobras) se instale en Cuernavaca.
Entre la opinocracia de la Ciudad de  México la propuesta no ha causado emoción. Tampoco particularmente escándalo. En realidad, quienes se dedican a participar en el debate público no saben qué opinar sobre la medida.  
López Obrador ha dicho que la intención de mover las secretarías a los estados es para generar desarrollo económico en diferentes regiones, además de quitarle presión a la Ciudad de México que tiene problemas de agua y contaminación.
Desconozco si detrás de esta idea hay algún estudio que muestre el impacto económico que podría tener la medida, tanto para el gobierno como para las ciudades donde se reubicarían. Antes de cualquier decisión habría que investigar el costo-beneficio y si efectivamente sirve para alcanzar los objetivos.
No obstante, como propuesta, a mí me entusiasma por las siguientes razones:
Uno. Este país es escandalosamente centralista. Lo que no sucede en la Ciudad de México es como si no existiera y eso aplica tanto en términos políticos como culturales. Los periódicos nacionales en realidad son medios de la Ciudad de México y lo mismo sucede con los noticieros.
En las discusiones nacionales brilla por su ausencia la opinión del los estados y todo se reduce a lo que opinen los habitantes de la capital.
Estamos tan acostumbrados a que el país sea así que parece una batalla perdida querer cambiar este rasgo político. Sin embargo, justamente la descentralización de las secretarías podría reducir el centralismo que padecemos.
Dos. Gobiernan y administran personas que no conocen México. Las secretarías tienen presupuestos millonarios para generar políticas públicas que deben aplicarse en todo el territorio nacional. No obstante, muchas veces esas decisiones y la administración de la política pública está en manos de gente que no conoce el territorio ni a las personas que recibirán esos beneficios. Muchos administradores públicos fuera del DF solo visitan Acapulco.
Tres. Los problemas se vuelven entuertos teóricos en vez de tragedias humanas. Por ejemplo, cuando conoces la pobreza, la desnutrición, la violencia solo a través de estadísticas, difícilmente te conmoverás de la manera en que lo podrías hacer si conocieras a las personas que están detrás de esos números. Por eso, me gusta especialmente la idea de ubicar a la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) en Oaxaca. Si a alguna población debe servir esa secretaría es justamente a los oaxaqueños.
Cuatro. Quita poder a los gobernadores. Los gobernadores se han convertido en virreyes que hacen lo que quieren con el dinero y el territorio en sus estados. Si de pronto aparece en ese mismo territorio un secretario de estado con igual o más presupuesto que el gobernador y con más o igual poder que un ejecutivo estatal puede alterar las dinámicas locales para bien.
Lo anterior no significa que ya haya decidido mi voto ni mucho menos, simplemente celebro que en el debate nacional exista una propuesta que retoma una vieja demanda de casi todo el país: disminuir el centralismo. Ojalá parte de la discusión durante las campañas gire entorno al tema.
Además, también opino que debe construirse un parque lineal sobre las antiguas vías del tren de Cuernavaca. La ciclopista de Vista Hermosa es un gran éxito  que se puede replicar a lo largo de toda la vía del tren. Cuernavaca necesita espacios públicos y ahí está todo ese enorme terreno desperdiciado.

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org