Desde hace mucho tiempo tenemos la creencia de que cuando algo se plasma en la ley se convierte, automáticamente, en realidad. Por ejemplo, si logramos que en la Constitución aparezca el derecho a la vivienda la gente por fin podrá tener un techo o si en una ley obliga al saneamiento del agua, el líquido que se nos entrega para nuestro consumo será limpio. Casi casi, es como si pensáramos que las leyes se escriben en papeles mágicos con la capacidad de eliminar todo lo que nos duele. Cada que algo anda mal lo primero que se nos ocurre es legislar para prohibirlo. Sin embargo, nos hemos pasado años llenando de buenas intenciones a las leyes sin que eso, al parecer, tenga algún impacto en el país. Las cosas están peor cada día, pero eso si las normas son cada vez más bonitas. Hay que ser francos, todos hemos caído en la tentación de pensar que agregando o cambiando el texto de una ley modificaremos la realidad. Me acuerdo que, con optimismo ingenuo, pensé que ayudaría a terminar con la contaminación visual en Cuernavaca al lograr la aprobación de un nuevo reglamento de anuncios para la ciudad. Obviamente, el reglamento se aprobó pero la publicidad exterior cada día está peor. Grandes movimientos sociales han sufrido la misma desilusión. Por ejemplo, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia, que logró movilizar a miles de personas, tuvo como principal demanda la creación de una ley de víctimas. Al final la norma fue aprobada, pero la violencia aumentó y la justicia nunca llegó. Otro caso más reciente es el de la Ley Tres de Tres. Un movimiento social logró reunir más de 600 mil firmas para que se aprobara esta norma anticorrupción. No obstante, parece no estar dando resultados. En palabras del abogado Luis Pérez de Acha, integrante de Sistema Nacional Anticorrupción: “Fui ingenuo cuando arrancó el sistema; creía y tenía la esperanza de que iba a funcionar.” Por supuesto, la sociedad organizada se ha esforzado con las mejores intenciones, creyendo que la ley es una herramienta que realmente puede cambiar al país. En cambio, los políticos saben desde hace mucho que las normas son inocuas para quitarles sus privilegios. En el peor de los casos, una ley que no es de su agrado quizá les genere algunas molestias, pero al final son ellos los que pueden aplicarla o mandarla al olvido. Así que cuando los gobernantes realmente están presionados por la sociedad ceden a los cambios legislativos, pero eso no es sinónimo de que claudiquen a sus privilegios. Y, claro está, aunque los cambios normativos sirvan de poco, los venden carísimos. Esto tiene dos objetivos: evita que la sociedad pida más y ayuda a conservar el mito del poder mágico de las leyes. Esto último es muy importante, pues ellos son los principales beneficiarios de esta idea. Es su comodín favorito. A cada problema que la sociedad les plantea, los políticos contestan con una propuesta legislativa. Que si hay muchos secuestros, proponen endurecer las leyes; que si hay ruido, prohíben la música; que si hay pobreza, decretar medidas paliativas y así, la lista es infinita. Todo lo anterior viene a cuento pues están por empezar las campañas electorales y con ello un recital de propuestas legislativas para solucionar nuestros problemas. No nos dejemos engañar, las nuevas leyes o los cambios en las normas no modificaran la realidad. Aceptar esta verdad es duro, pues quita por completo la ilusión de que existe un camino franco para el cambio, pero si no nos desengañamos ante esta realidad no podremos encontrar otros caminos. Como sociedad civil es hora de asumir que, en la lucha por la transformación social, las modificaciones legales son una parte muy menor del proceso. Es más, son el elemento simbólico del asunto. Además, también opino que debe construirse un parque lineal sobre las antiguas vías del tren de Cuernavaca. La ciclopista de Vista Hermosa es un gran éxito que se puede replicar a lo largo de toda la vía del tren. Cuernavaca necesita espacios públicos y ahí está todo ese enorme terreno desperdiciado.

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