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Todos quisiéramos que hubiera soluciones mágicas. Que con solo apretar un botón el problema, por grande que sea, desaparezca. Nuestra tendencia a la fantasía se refleja claramente, por ejemplo, en Facebook, donde circulan permanentemente recetas mágicas para resolver todo tipo de males, desde el cáncer hasta el desamor.
La política es otro campo minado por la fantasía. Cada que hay elecciones, los candidatos salen a decirnos que con solo llegar ellos al poder desaparecerán la inseguridad, la pobreza, el desempleo y el resto de la lista infinita de males que padecemos. Como si todos esos flagelos pudieran resolverse con magia.
Sin embargo, por más gordos que nos caigan los políticos, en el fondo nos gusta escucharlos decir esto, pues confirma nuestra creencia íntima de que la solución total existe, pero los envidiosos no nos la quieren compartir.
A la hora de la discusión ciudadana la tendencia se repite. Cuando alguien hace una propuesta que contribuye en algo a resolver alguna problemática común, de inmediato surgen las críticas porque la idea no resuelve en la totalidad el mal.
Hector Aguilar Camín, citando a Jorge Castañeda, llama Panaceos a quienes dicen que “ninguna cosa resuelve todas las cosas y por tanto nada vale la pena”. La realidad, por más triste que sea, es que no hay soluciones como las que piden los Panaceos. Salvo contados hallazgos médicos y uno que otro hecho extraordinario, lo normal en la vida es que no hay resoluciones totales a los problemas, sino pequeños pasos que nos acercan a la meta.
Ni la inseguridad, ni la pobreza, ni el desempleo ni ningún otro mal social se solucionarán con la llegada de alguien al poder, con una nueva ley o con una sola acción. Y claro, hay actos que tienen mayor impacto que otros, pero estos suelen requerir mayor inversión o mayor capital político. Aún así, por si solos no resolverán totalmente el lío. Por el otro lado, las pequeñas acciones pueden ser muy fáciles de implementar, si tan solo no las desdeñáramos de antemano.
Un problema grande es la acumulación de pequeños líos. Para deshacer un nudo hay que destejer parte por parte.
Un ejemplo cercano de lo anterior es avenida Morelos. Esa calle, en su parte céntrica, es un cúmulo de problemas. Lo angosto de la calle, el desorden del transporte público, los autobuses de pasajeros, el smog, el ruido, los coches, los cables, las banquetas.
Una sola acción no logrará resolver el infierno urbano en el que se ha convertido Morelos; en cambio, diferentes proyectos sí. Una propuesta que puede contribuir a disminuir el embotellamiento de la avenida, la contaminación auditiva y la del aire, que se puede implementar de inmediato y que, además, es gratis, es cambiar la ruta de circulación de los Pullman del centro.
Son 96 autobuses Pullman que utilizan diariamente la avenida Morelos para cruzar de su terminal del centro a Zapata. Son seis por hora. Ahora que terminen el paso Express, ¿No sería mejor para el centro de la ciudad que, en vez de dar vuelta a la derecha en avenida Morelos, los Pullman se siguieran por Abasolo hasta Álvaro Obregón y salieran a la autopista por Chipitlán?
No es la panacea, pero es mejor eliminar esta parte del problema que no hacer nada porque no resuelve el conflicto en su totalidad.

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org