Desde siempre y a lo largo de todas las sociedades, los enemigos de la paz, la prosperidad, el desarrollo, la justicia y la igualdad son los señores de la guerra. Aquellos que ganan cuando todos los demás pierden y sacan provecho de la violencia y del caos.
Para contener a los señores de la guerra, las sociedades crean leyes, instituciones de procuración de justicia, consensos sociales, normas éticas y morales. Sin embargo, cuando la sociedad está dividida y es apática, los señores de la guerra avanzan y poco a poco capturan el poder.
Dependiendo del grado de desarrollo institucional y legal de una sociedad, los efectos de los señores de la guerra serán menores o mayores. Por ejemplo, en una sociedad donde la legalidad no es un principio y la impunidad reina, como es el caso de México, los señores de la guerra son muy poderosos.
No obstante, el poder de los señores de la guerra varía de estado en estado. En entidades donde la sociedad es fuerte, donde la identidad une a las personas y hay quienes velan por el bien común, estos señores se mantienen a raya. En cambio, en lugares donde la gente no comparte pasado, donde las personas se instalan transitoriamente, donde los jóvenes quieren emigrar en vez de establecerse, donde no hay oportunidades, los señores de la guerra son más poderosos e, incluso, gobiernan.
Ese es el caso de  Morelos y en particular de Cuernavaca. Ante una sociedad relegada a lo privado, los señores de la guerra están desatados, se han hecho del poder y quieren más.
La última embestida de estos señores es contra el ayuntamiento de Cuernavaca. No les importa que esta institución esté en ruinas, ellos quieren hacerse del dinero sobrante y del menguante poder que representa.
Por supuesto, también les tiene sin cuidado el tiempo que pierde la ciudad a causa de su guerra. Mientras hay cientos de ideas y proyectos para el desarrollo esperando, las autoridades están concentradas en una guerra donde lo único que se busca es poder y dinero.
No podría ser de otra manera, los señores de la guerra solo saben destruir. Jamás estarán interesados en desarrollar proyectos, ideas, instituciones, pues justamente éstos son sus enemigos.
Así que no es extraño que hoy los señores de la guerra encuentren intolerable lo que hace unos meses, durante las elecciones, desestimaron. Mientras les servía o creían que no afectaba sus intereses, los señores de la guerra no vieron nada grave en permitir el paso a un candidato sin residencia comprobada.
Hoy, en cambio, los señores de la guerra utilizan ese mismo argumento para quitar al candidato que ganó la elección. La ley al servicio de la guerra se pasa por alto cuando conviene  y, cuando no, se aplica.
Mientras los señores de la guerra pelean por las ruinas de la ciudad, los ciudadanos solo observamos. Esa es justamente la razón por la que los señores de la guerra nos gobiernan. No hay sociedad que les ponga un alto.

Por: Vera Sisniega / www.verasisniega.org

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