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En su último libro, “Homo Deus”, el historiador Yuval Noah Harari nos recuerda que la verdadera diferencia entre los movimientos sociales que cambian la historia y los que mueren en el intento es su capacidad de organización.  “La historia proporciona muchas pruebas de la importancia crucial de la cooperación a gran escala. Casi de manera invariable, la victoria la han logrado quienes han cooperado mejor, no solo en las luchas entre Homo sapiens y otros animales, sino también los conflictos entre diferentes grupos. Así, Roma conquisto Grecia no porque los romanos tuvieran un cerebro mayor o mejores técnicas de fabricación de herramientas, sino porque fueron capaces de cooperar de manera más eficaz.”  
“A lo largo de la historia, los ejércitos disciplinados derrotaron fácilmente a las hordas desorganizadas, y las élites unificadas dominaron a las masas desorganizadas. Para organizar una revolución, nunca basta con los números. Por lo general, las revoluciones las hacen pequeñas redes de agitadores y no las masas. Si queremos poner en marcha una revolución, no nos preguntemos: ¿Cuántas personas apoyan mis ideas? Preguntémonos, en cambio: ¿Cuántos de los que me dan su apoyo son capaces de participar de una colaboración efectiva?”
Por eso, si realmente queremos cambiar México, Morelos y Cuernavaca tenemos que aprender a cooperar y a organizarnos mejor. Nadie nace sabiendo cómo organizarse, pero hay experiencia acumulada que podemos retomar y errores clásicos que hay que evitar.
Una de las equivocaciones más frecuentes de los grupos que buscan cambiar las instituciones es  su falta de practicidad. En vez de apuntalar una agenda concreta, aunque sea imperfecta, prefieren utilizar su tiempo en seguir analizando el problema.
Esto es un vicio nacional. Los mexicanos amamos el análisis pero odiamos la praxis. En México sobran estudios acerca de cualquiera de los múltiples males que padecemos, pero rara vez las propuestas de estas investigaciones se aplican, pues siempre hace falta análisis.
Esto claramente provoca que como sociedad avancemos muy lento y destinemos nuestras fuerzas a causas improductivas que a su vez desalientan aún más la participación. Si uno no ve que sus esfuerzos cambian la realidad,  te desanimas.
Regresemos a Yuval quien, al analizar la revolución egipcia del 2011, señala: “Los nuevos medios de comunicación ayudaron a las masas a coordinar sus actividades, de manera que miles de personas inundaron las calles y plazas en el momento oportuno, y derrocaron el régimen de Mubarak. Sin embargo, una cosa es reunir a 100.000 mil personas en la plaza Tahrir y otra muy distinta controlar la maquinaria política, estrechar las manos adecuadas en las salas secretas adecuadas y dirigir un país con eficacia. En consecuencia, cuando Mubarak dimitió, los manifestantes no pudieron llenar el vacío. Egipto solo tenía dos instituciones suficientemente organizadas para gobernar el país: el ejército y los Hermanos Musulmanes. De ahí que la revolución fuera secuestrada primero por los Hermanos y finalmente por el ejército.”
 “…los generales egipcios no eran más inteligentes ni tenían los dedos más hábiles que los viejos dictadores…Su ventaja residía en la cooperación flexible. Cooperaron mejor que las masas, y estuvieron más dispuestos a demostrar mucha más flexibilidad que el rígido Mubarak.”
 Esto lleva a otro de los males que padecen los grupos participativos, su dificultad para entender que a veces toca estar en la vanguardia y otras en la retaguardia. En ocasiones toca sumarse a una agenda y hay otras que uno tiene el turno de encabezarla. Es ahí donde viene al cuento la necesidad de ser flexibles y anteponer el cambio frente a cualquier otro elemento.

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org