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El candidato que gana una elección es rico en confianza. Su triunfo es sinónimo de que es en él en quien más confían los ciudadanos y así puede, a nombre de todos, ejercer el poder.
Por eso, cuando un gobernante inicia su gestión es cuando más posibilidades tiene de realizar transformaciones profundas, pues es el momento en que mayor respaldo de los votantes posee. Incluso, la oposición está abierta a apoyarlo, pues justamente fue quien ganó la votación.
Un ejemplo de lo anterior sería el Pacto por México. Al inicio del gobierno de Enrique Peña Nieto los partidos hicieron un acuerdo para realizar una serie de reformas trascendentes como la energética y la educativa. Eso sucedió debido a que Peña Nieto tenía un bono de confianza y todos, incluyendo los partidos, se lo reconocían.
Ya en el poder, la coherencia y el buen gobierno pueden incrementar la confianza que la gente le tiene al gobernante. Si es bueno, incluso, puede ganarse la simpatía de quienes no votaron por él.
En cambio, la falta de resultados, los errores y los escándalos van minando la confianza que se tiene en quien gobierna. Como una gota de agua sobre una piedra, con cada nuevo escándalo de corrupción o con cada mentira, la confianza se erosiona un poco más.
Si el gobernante se da cuenta que esto le está sucediendo y corrige el rumbo, puede frenar la caída e incluso revertir el proceso. Si en cambio no hace nada, perderá y perderá respaldo hasta quedarse en la ruina. Es decir, sus proyectos no saldrán y las marchas y la inconformidad social se volverán cotidianas.
Ese es justamente el caso del gobernador Graco Ramírez, los morelenses ya no confían en él. Ya no creen que al frente del gobierno esta una persona que cuida los intereses de la mayoría.
Evidencias de lo anterior hay muchas. La más firme es el pésimo resultado que obtuvo el Partido de la Revolución Democrática en la elección del 2015. Otro ejemplo, es el incumplimiento de su promesa de campaña de someterse a una revocación de mandato cada dos años. Si el gobernante supiera que la gente lo iba a respaldar, habría cumplido su promesa.
Aún faltan dos años para que concluya el sexenio, pero ya está en bancarrota de confianza. Si hoy se sometiera a una reelección es muy probable que el señor Ramírez perdiera feamente. Sin embargo, como en la legislación ese mecanismo no existe, hoy y mañana habrá manifestaciones de distintos sectores y organismos sociales, entre éstos la Universidad del Autónoma del Estado de Morelos, para solicitar su salida del gobierno.
Desde hace cuatro sexenios en Morelos sucede lo mismo, los ciudadanos quieren que el gobernante se vaya antes de que termine su periodo. Por eso, lo que hay que cambiar es la duración de estos periodos.  
Un gobierno cuatro años, con posibilidad de reelección sería lo más sensato. Si en cuatro años un gobernante no da muestras de hacerlo bien, difícilmente corregirá el rumbo en los últimos dos años. En cambio, si alguien está teniendo éxito, puede continuar en el gobierno.
Un gobernante a quien la ciudadanía no le tiene confianza puede sobrevivir en el puesto pero no gobernar. Sus proyectos no encontrarán respaldo para su implementación y reinará el caos social. Por eso, lo mejor para Morelos sería que hubiera una nueva elección ya.

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org