Cuernavaca se debate entre celebrar la última hazaña futbolística de su alcalde o censurarla. El sábado pasado, mientras en la prensa y en las redes sociales se criticaba la ausencia del presidente municipal, cientos de cuernavacenses asistieron al partido de despedida de Cuauhtemoc Blanco en el estadio Azteca. De acuerdo con los medios, quienes viajaron desde la ciudad de la eterna primavera solo pagaron 60 pesos por el transporte.
Tener un alcalde futbolista es un hecho inédito tanto para Cuernavaca como para todo el país y el arreglo entre un oficio y otro parece no terminar de embonar. Por momentos, el alcalde, aparentemente, no quiere mezclar política y futbol, pero en otros parece no poder hacer otra cosa. Por ejemplo, no hay evento al que asista en el que no termine con un balón entre las piernas.
La naturaleza dual del presidente municipal estuvo presente desde el primer momento de su desembarco en Cuernavaca. Ahora que ya es alcalde en funciones, tal vez no hay razón para cercenar sus dos cachuchas sino que, más bien, habría que buscar la integración sana de ambas. 
La fuerza del deporte para unificar a los pueblos en torno a objetivos comunes se ha demostrado muchas veces. Un ejemplo perfecto es el caso de Sudáfrica y el rugby. Tal vez usted recuerde, estimado lector, la película Invictus del director Clint Eastwood, estrenada en 2009, que relata el papel que jugó la selección de rugby en la unificación sudafricana.  
La película, basada en el libro del periodista John Carlin, narra detalladamente cómo Nelson Mandela utilizó al deporte nacional para reconciliar a negros con blancos y coronar una durísima y larga transición democrática. 
También muestra cómo los políticos talentosos ven oportunidades donde éstas parecen no existir. Mientras el resto de la clase política sudafricana no alcanzaba a ver el potencial simbólico del rugby para establecer un nuevo país, Mandela lo tuvo claro desde que asumió la presidencia del país.  
Por eso, una vez en el puesto, dedicó buena parte de su preciado tiempo para darle seguimiento y apoyo a la selección nacional de rugby hasta su triunfo en el mundial de 1995. Esta ocasión se convirtió en una verdadera fiesta nacional donde negros y blancos celebraron por igual a pesar de que el rugby, históricamente, había sido un deporte de blancos.  
Es fácil pensar que el mayor capital de Cuauhtemoc Blanco está en su fama. Sin embargo, en realidad su riqueza está en la legitimidad que tiene ante la población, pues encarna valores que son importantes para las mayorías. Ese patrimonio es valioso justamente por su capacidad de motivar a la gente a actuar.
Es cierto que Blanco puede dedicarse tres años a reencarpetar avenidas y la gente estará contenta, pero eso lo puede hacer cualquier político. En cambio, un movimiento ciudadano para reconquistar el espacio público lo puede hacer especialmente él. 
Nadie como el Cuau para conseguir patrocinios para el rescate y la construcción de espacios deportivos. Por ejemplo, ¿qué tal que le solicitara a cada uno de sus amigos futbolistas la donación de una cancha o la reparación de un espacio público  a cambio de ponerle su nombre?  
En vez de buscar convertirse en un político del montón, el Cuau debería afianzarse en su unicidad como alcalde deportista. Su carácter de doble cachucha es justamente su mayor activo para generar unidad y orgullo en la ciudad. Ojalá no lo desperdicie.

Por: Vera Sisniega / www.verasisniega.org

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