Si existiera un índice para medir el alto de las bardas y considerarlas como sinónimo de percepción de inseguridad, Cuernavaca arrasaría. Hay calles de la ciudad que parecen más los límites de  una penitenciaría que una zona habitacional. Me viene a la mente la avenida Paseo del Conquistador.
Esto coincide con lo que dicen las cifras oficiales, hace unos días el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) publicó los resultados de la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana 2016 y nuevamente hay malas noticias. La percepción de inseguridad volvió a crecer en nuestra ciudad. Mientras en el 2015 78.3 por ciento de la población de Cuernavaca consideraba a la ciudad insegura, este año  83.5 por ciento de los ciudadanos piensa que vivir aquí es riesgoso.
La capital morelense está en el top ten de las ciudades donde la gente tiene miedo. Esa deshonrosa lista está encabezada por Villahermosa donde el 95 por ciento de la gente la considera insegura y la cierra Toluca donde es el 82 por ciento. A nivel nacional, el 70 por ciento de los mexicanos piensa que la ciudad que habita es peligrosa.
El miedo de la gente sumado a la falta de confianza hacia la efectividad del gobierno para resolver los problemas de la ciudad explica completamente el enrejado de las casas. Si el gobierno no sirve para protegernos, uno lo tiene que hacer por sus propios medios. De acuerdo con la encuesta del INEGI, en Cuernavaca solo el 18% de la población cree que la autoridad resolverá los principales problemas.
También el enrejado y el crecimiento de las bardas podrían servir como indicador de las diversas épocas históricas de la ciudad.  Una altura baja mostraría una época de esplendor; una altura gigante, una de decadencia. Por ejemplo, en la década de los treinta del siglo pasado, época de crecimiento de la ciudad, las casas no tenían ni barda, pues eran estilo californiano. En cambio, hoy hasta podíamos organizar un concurso para encontrar a la barda más alta.  
El problema es que a mayor división entre la calle y el hogar, mayor distancia entre las personas y, en consecuencia, menor cohesión social, el caldo de cultivo perfecto para el crecimiento de la violencia y veneno para la inversión. ¿Quién abrirá un negocio donde las personas viven enrejadas y tienen miedo de salir a la calle? Si la gente no sale de su casa simplemente no hay consumo.
Adicionalmente, las rejas y bardas hacen menos bella a la ciudad. En vez de que el paisaje urbano motive, deprime, lo cual, además, es absurdo, pues Cuernavaca está llena de belleza solo que tras las bardas. Es como si fuera una ciudad islámica medieval donde la belleza de las casas no se deja ver ni por las ventanas.
Las ciudades islámicas clásicas como  Damasco,  Bagdad, El Cairo, Fez,  Marraquech,  Córdoba y Toledo tienen una estética muy singular. La belleza se oculta detrás de pequeñas puertas que no muestran ningún indicio de lo que esconden.
“Las ciudades islámicas responden a un tipo de sociedad introvertida y fuertemente jerarquizada en la que las relaciones comunitarias son mínimas. La vida se desarrolla dentro de la vivienda, muy espaciosa y lujosa, sin apenas vanos exteriores. El aspecto de la ciudad islámica es muy pobre ya que tiende a carecer de adornos”. (http://enciclopedia.us.es/index.php/Ciudad_isl%C3%A1mica)
Sin embargo, Cuernavaca no es ni una ciudad islámica ni estamos en el medievo. Tal vez sea hora de empezar a soñar con una ciudad sin bardas ni rejas donde la belleza se pueda apreciar. Hay que trazar un plan.

 

Por: Vera Sisniega / www.verasisniega.org