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Nadie a ciencia cierta sabe cómo fue que este pequeño pueblo en las montañas marroquíes se volvió azul. Hay dos teorías, la primera y más difundida, es que en la década de los treinta del siglo pasado, los judíos, por motivos religiosos, lo pintaron de azul. La otra versión es que el pueblo se volvió azul debido a una estrategia contra los moscos.
Sea como haya sido, la cosa es que hoy ese color azul deslavado de Chauen lo ha convertido en uno de los mayores atractivos turísticos de Marruecos y con razón. Llegar a un sitio donde las calles, incluyendo los pisos, son azules es sorprendente.
Chauen es bonito, pero su arquitectura no es particularmente excepcional, tampoco los bosques que la rodean, lo que realmente lo hace espectacular es el color de sus paredes. Aquí se confirma que la belleza no solo reside en grandes construcciones, sino también en lo sencillo.
En México también tenemos lugares así, por ejemplo, Taxco. Chauen y Taxco comparten varias características, ambos están enclavados en las montañas y su color los distingue. Sin embargo, a diferencia de Chauen, Taxco está perdiendo su blanco tradicional. Las construcciones grises remplazan diariamente a las antiguas.  
No es extraño que en un país como México, donde los políticos solo prestan atención a las grandes obras que les dejan mucho dinero, se desdeñen este tipo de cosas sencillas. Así que, mientras la fama de Chauen aumenta, la de Taxco se estanca.
    El ejemplo de Chauen también sirve para Cuernavaca. No son las obras millonarias las que volverán a hacer de Cuernavaca un lugar atractivo sino las buenas ideas bien ejecutadas. Hay un montón de buenos proyectos que se quedan a medias.
Me viene a la mente el esfuerzo por pintar de colores las barrancas de la colonia Carolina y de San Antón. Esta buena idea, cuyo éxito podría haber sido similar al del macro mural que hace poco se pintó en Pachuca, quedó a medias, pues algún político lo despreció. Obviamente, su impacto fue mucho menor.
Las ideas sencillas necesitan la fuerza de la constancia y el seguimiento para demostrar todo su potencial. Aquí viene a cuento la historia de otro pueblo marroquí,  Arcila, que ha saltado a la fama por sus murales. Año con año, en este pueblito junto al mar se organiza un festival artístico que incluye la pinta de murales en su centro histórico.
A base de acumulación, un mural y luego otro, el arte se ha convertido en una de las razones para visitar Arcila. Además, esto ha generado un mercado específico, los artistas locales han abierto galerías y no les va mal.
En Cuernavaca sobra talento artístico, pero falta o que los tomadores de decisiones pongan atención a lo pequeño o que los ciudadanos tomemos las decisiones. Si Chauen y Arcila pueden, obviamente Cuernavaca también.

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org