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Mi infancia transcurrió en la colonia Chapultepec. Cuando muy niña, los sábados en la mañana mi papá me llevaba al parque de ese mismo nombre. A dos cuadras de la casa estaba una de las rejas que saltávamos para caminar cerca del lago y pasear por allí. 
Más adelante, cuando ya tenía permiso de alejarme unas cuantas cuadras de la casa, descubrí la privada de la Cabaña y sus apantles. Pocos lugares me han parecido tan románticos. Casas que para entrar hay que cruzar puentes, sonido de agua, pocos o nulos coches, frescura, misterio. Cada que me visita gente que no conoce Cuernavaca, los llevo a visitar la privada de la Cabaña. 
De joven descubrí otro secreto. Los fraccionamientos de Jiutepec donde los apantles corren entre las casas e incluso algunos, literalmente, entran hasta la sala. Nuevamente el paraíso, en esos conjuntos, a pesar del calorón, el clima es templado y el sonido del agua permanente.
Obviamente mis recuerdos son meramente urbanos y por ende muy limitados. La principal función de los apantles ha sido agrícola. 
Cada época los ha utilizado de manera diferente. Por ejemplo, los tlahuicas usaron los apantles que generaba el manantial de Chapultepec para sembrar algodón. Durante la colonia, Hernán Cortés y compañía crearon nuevos aplantes que irrigaron las tierras donde se sembraba caña de azúcar. Tras la revolución, los apantles sirvieron para cultivos como frijol y maiz. A partir de los años setenta del siglo pasado, se sembraron flores, pero también empezó la urbanización de la zona y con ello nuevos retos para su funcionamiento. 
Justo en estos momentos somos testigos de las presiones que sufren los apantles en el marco de su urbanización. En la colonia Ampliación Chapultepec quieren tapar el apantle con bloques de cemento. Los ejidatarios de Chapultepec, en conjunto con la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT) tienen listas las lozas para cubrir el apantle. Las razones son vagas y generales. Los ejidatarios argumentan que el agua se ensucia, que hay descargas de aguas negras al mismo y que por eso debe cubrise. Sin embargo, su principal argumento es que ellos son los dueños del agua y pueden hacer lo que quieran. 
Mientras, los habitantes de la colonia se oponen y se han organizado en el Frente ciudadano por la preservación del canal de Chapultepec. Los vecinos exponen los múltiples beneficios que le genera el apantle a su colonia. El riachuelo es un espacio de esparcimiento para los niños, ayuda a regular la humedad y la temperatura del aire,  es hábitat de especies endémicas como el cangrejito barranqueño. En época de calor es el espacio que utilizan cientos de familias de escasos recursos para divertirse y refrescarse. Además, es un patrimonio histórico, de acuerdo con el historiador José Luis Degante ese apantle se construyó para llevar agua a los sembradíos de Hernán Cortés. 
Yo agregaría un argumento adicional, esos apantles son parte de la identidad de Cuernavaca y en particular de los habitantes de esa colonia. Si de algo sufre Cuernavaca es de falta de arraigo, de elementos simbólicos que hagan a sus habitantes sentirse parta de una comunidad. Así que es una pésima idea seguir eliminando las carácterísiticas físicas que nos distinguen como ciudad. 
Por supuesto que los apantles tiene múltiples probemas empezando por las descargas de aguas negras. Sin embargo, eso no solo no se resuelve tapándolos sino que empeora la situación. Al estar cubiertos en vez de a la vista de todos es mucho más fácil conectar drenajes clandestinamente. 
Ojalá las autoridades y los ejidatarios se sensibilicen un poco y en medio de toda la destrucción que ha provocado el paso exprés, se apiaden del apantle y de la colonia Ampliación Chapultepec. Es una realidad que hoy los apantles tienen usos tanto agrícolas como urbanos y ambos deben apreden a convivir. 
Esperemos que esto también sirva para valorar esos riachulos que de tanto verlos hemos dejado de cuidar y admirar. 

Por Vera Sisniega

www.verasisniega.org