Durante semanas deshojó la margarita de si  ir o no a México durante las vacaciones invernales.  Por un lado, tenía muchísimas ganas de disfrutar del clima, la comida, la familia, los amigos, pero, por el otro, le preocupaba el zika pues hacía cuatro meses que estaba embarazada.  
Las cifras no dejan  bien parado a Morelos. En el 2017, la tierra de Zapata estuvo dentro de los seis estados con mayor número de infectados por el virus y,  de acuerdo con datos de la Secretaría de Salud federal, publicados el 8 de enero del 2018, en el 2017 hubo 187 casos de la enfermedad en la entidad. El peor estado del país fue Tamaulipas con 636 diagnósticos de zika.
Al final ganó la nostalgia y la embarazada se armó de valor, compró varios repelentes y tomó el avión para pasar las vacaciones decembrinas en México. Todo bien, pocos moscos en el ambiente, muchos mosquiteros, estancias breves en el exterior, mangas largas y todas las precauciones del mundo. Los días transcurrieron sin mayores complicaciones.
Sin embargo, ya para concluir su  estancia,  algo extraño pasó. Durante el fin de semana de Reyes,  abrió la regadera y un olor raro brotó con el agua.  Al principio pensó que habían usado insecticida y, al contacto con el agua, había olido más fuerte. Comentó el hecho con los otros habitantes de la casa, pero nadie tenía una idea clara de lo que estaba pasando. Por la noche,  se lavó los dientes y el líquido también tenía ese olor extraño. Su teoría volvió a ser la misma, a lo mejor había insecticida en una de las llaves y, al abrirla, sus manos se impregnaron. Rápidamente escupió el agua.
Al día siguiente, el líquido de la regadera seguía oliendo raro, pero ya no fue ella la única que lo percibió. Su esposo compartió el diagnóstico. En las redes vio que había una nueva contaminación de agua por huachicol, pero no quedaba claro dónde había ocurrido ni mayor información. Ese día ya no bebió agua de la tubería, filtrada con tecnología ultravioleta.
Solo hasta el martes, cuando  leyó el Diario de Morelos, se enteró de que se había contaminado el pozo do de Ocotepec con gasolina y ahí entendió todo. El olor raro en el agua era de este hidrocarburo. Los vecinos también compartieron el diagnóstico, el líquido olía a combustible.  También el hotel Villas del Conquistador, que se encuentra en la misma cuadra que la casa donde se hospedaba, había sido víctima de la contaminación. Con el lugar lleno de huéspedes, tuvieron que vaciar sus cisternas y conseguir agua limpia. Un verdadero desastre.
La embarazada, abrumada ante la posibilidad de haber bebido agua con gasolina, empezó a investigar más, pero no encontró nada.  Buscó en la página de Servicio de Agua Potable y Alcantarillado de Cuernavaca (SAPAC) pero no había ninguna referencia al tema ni siquiera un boletín o un manual indicando qué hacer. Tampoco en la página de la Secretaría de Salud había información sobre las medidas que se debían tomar y las posibles consecuencias para la salud por beber o usar agua contaminada con  gasolina. Nada de información oficial al respecto. Nada de orientación, la salud de los ciudadanos abandonada a su suerte.
No solo la salud de los habitantes es despreciada, Cuernavaca también. ¿Cómo esperan que lleguen nuevas inversiones si en la ciudad no se puede confiar ni en el agua que sale del grifo? Ante este hecho, ¿qué nuevas familias decidirán asentarse aquí?
Por supuesto el robo de gasolina es un problema que trasciende el ámbito municipal y es responsabilidad del estado y de la federación, pero, caray, desde julio del año pasado se presenta el mismo tema y todavía no existe un plan para prevenir las fugas o lo que se tenga que hacer para evitar la contaminación del agua.    
¿Qué se piensa hacer para evitar nuevas filtraciones de combustible? ¿Cuál es el protocolo que deberán seguir los ciudadanos en caso de recibir agua con gasolina? ¿Cómo informará la autoridad a la población afectada? ¿Qué consecuencias tiene en la salud el agua con gasolina?  ¿Cómo repararán el daño las autoridades a los habitantes afectados?
 Las vacaciones terminaron y la embarazada, preocupada por las posibles consecuencias del  agua contaminada, tomó su avión de regreso a casa. Durante las largas esperas en los aeropuertos reflexionó sobre la ingobernabilidad de la ciudad. Ahora la autoridad ya ni siquiera puede asegurar que el agua que entrega a los habitantes no esté  contaminada. Nunca ha podido garantizar agua potable, pero ahora ni siquiera puede ofrecer un líquido libre de agentes cancerígenos. Pobre ciudad, ha descendido un peldaño más.

Por: Vera Sisniega

www.verasisniega.org

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