compartir en:

El reciente secuestro y asesinato del empresario Rafael Arámburu muestra con crudeza la anarquía que impera en el país. Aquí ya nadie gobierna. 
Los que fueron electos nomás no sueltan la silla. Disponen de los presupuestos, disfrutan de los placeres de las camionetotas y de las vacaciones pagadas, le complican la vida a sus enemigos y cobran venganzas por doquier. Pero esto es lo único para lo que les alcanza, porque los ciudadanos ya ni los ven ni los oyen. 
La respuesta de la población a los innumerables abusos y traiciones de la clase política ya no son gritos y sombrerazos, es la indiferencia. Esa actitud no deriva de una aguda reflexión sino de una respuesta natural ante quienes, utilizando nuestro nombre, usurpan el poder. 
La  frase célebre de Miguel de Unamuno: “venceréis, pero no convenceréis”, describe este fenómeno. Los que encabezan los órganos de gobierno tienen la fuerza y el dinero, pero no el respeto. Por eso se desviven por llamar la atención: cada que inauguran una obra lo anuncian con bombo y platillo, pero en respuesta solo reciben, si les va bien, un ensordecedor silencio. 
Ellos dirán que están en el poder porque las leyes los respaldan; pero esto no es más que un formalismo. La fuerza que les permite gobernar realmente es el respaldo de la gente, no un documento oficial.  
Cuando el apoyo de los votantes a un representante popular se evapora, el poder también se esfuma y lo correcto sería que hubiera elecciones inmediatas. Sin embargo, como eso no está contemplado en la Constitución, lo que queda son unos sujetos al que el papelito les alcanza para quedarse en la silla, pero no para gobernar.
Gobernar no es ser dueño del presupuesto público, administrar un edificio de oficinas, salir en la tele, regalar cachivaches o sentarse en una curul: gobernar es tomar decisiones y emprender acciones para transformar a la sociedad. Para que eso ocurra, la gente tiene que estar dispuesta al cambio y solo lo estará en la medida en que confíe en la autoridad. 
Por eso sin el respaldo de los votantes no se puede gobernar. Imposible encabezar alguna acción que afecte intereses si no hay quien te apoye. Ante un conflicto tampoco puedes ser mediador, pues ninguna de las partes te respeta. Menos hacer uso legítimo de la fuerza o simplemente imponer la autoridad. En realidad no puedes hacer nada de relevancia, lo único que te queda es atrincherarte en tu edificio, disfrutar del presupuesto y esquivar los conflictos.  
Esto sería intolerable en cualquier sociedad con un sistema político sano, pues hay tanto que hacer que desperdiciar el tiempo y el dinero sería imperdonable. También lo sería para cualquier político con cierta pasión por el poder, pues justamente influir en la sociedad es lo que significa tener poder. 
Sin embargo, a los politiquillos que tenemos no parece molestarles. Para ellos es suficiente el presupuesto y la corte pagada de aduladores. Así que aunque en realidad no tengan poder, no les importa. 
Eso es lo más grave de la crisis política que vivimos. Con cada nuevo escándalo de corrupción, los políticos pierden legitimidad y con ello autoridad, sin que esto les haga mella.  
Por eso cada día es mayor la anarquía y, en consecuencia, la violencia y la delincuencia. Los gobernantes son de paja y eso lo saben los delincuentes. Reconstruir la autoridad del Estado va ser muy difícil. 

Por Vera Sisniega

www.verasisniega.org