compartir en:

La convulsionada política morelense, llena de escándalos, divisiones y enfrentamientos, me hace recordar la situación caótica que se vivía en el estado durante la revolución y la década subsiguiente. En Morelos desde mayo de 1914, fecha en que Victoriano Huerta ordenó la interrupción del gobierno constitucional,  hasta 1930 reinó el desgobierno y el caos administrativo. En mayo de 1920,  Luis Flores, por entonces gobernador, se preguntaba si Morelos podría seguir siendo una entidad pues era nula su capacidad recaudatoria y dependía por completo del subsidio federal.
Tras la revolución, la primera elección de gobernador fue en 1926. Sin embargo, el resultado fue desastroso. Tres grupos se dijeron ganadores y los candidatos al gobierno junto con sus congresos se instalaron cada uno en una zona distinta del estado. “Una facción se estableció en el Palacio de Cortés; otra lo hizo en un domicilio particular de Cuernavaca y la tercera tomó asiento en Jojutla.”(Alicia Hernández Chávez. Breve historia de Morelos, pp. 190-191)
Ante tal caos, el senado declaró la desaparición de poderes en el estado y designó gobernador provisional a Valentín del Llano, quien duró poco en el cargo,  y la pasarela de gobernadores sustitutos recomenzó. En 1927, otro gobernador, Ambrosio Puente, le informó a Plutarco Elías Calles que al llegar al gobierno encontró 57 centavos de presupuesto.   
Finalmente en 1930 regresó el orden político a la entidad. Ese año hubo elecciones y el ganador pudo ejercer el poder sin mayores complicación. También el congreso se reconstituyó y se aprobó hasta una nueva constitución.  
Sin embargo, hay algo que hace de Morelos un territorio sumamente inestable. Con base en las teorías del antropólogo Claudio Lommitz sobre la cultura del estado podríamos decir que la razón detrás de este caos es la ausencia de una élite y cultura local.
“La cercanía de Morelos al Distrito Federal propició el desarrollo de una élite económica y política regional. La cumbre del poder económico y político siempre fue controlada directamente desde la Ciudad de México, lo que tuvo como consecuencia un impacto cultural débil por parte del grupo regional dominante. “Hemos planteado que Cuernavaca carece de una clase social capaz de armar un proyecto para la ciudad. No tenemos ninguna clase local que pudiéramos llamar hegemónica: tampoco todas las clases subordinadas se encuentran relacionadas entre sí dentro de una cultura propiamente regional. […] Dos de las características de dicho barroco son la heterogeneidad cultural, y la presencia de una élite urbana que depende culturalmente del consumo de valores externos. El hecho de que las clases de Cuernavaca posean diferentes percepciones culturales, que se desafían o socavan entre sí, es la causa de por qué los observadores sienten que la ciudad ‘carece de cultura’. (Claudio Lomnitz-Adler. Las salidas del laberinto. Tr. Cinna Lomnitz, Joaquín Mortiz/Planeta, México, 1995)
Sin identidad cultural y sentido de pertenencia, el destino de Morelos continuará siendo incierto y en el día a día las decisiones del estado y de la ciudad seguirán tomándose en Polanco o en Tepito. ¿Habrá manera de generar una cultura local o simplemente más nos valdría aceptar nuestra derrota ante nuestra dependencia del centro? Incluso, tal vez sería bueno buscar de una vez por todos la fusión legal.   

 

Por: Vera Sisniega /  www.verasisniega.org