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Esta historia sucedió lejos de aquí. En uno de los estado más grande del país, en una ciudad en medio del desierto. Una señora viajó del municipio de Carbó a Hermosillo para vender pitahayas, una fruta que solo se da en esta época del año. 
Sin embargo, las autoridades municipales no le permitieron instalarse con sus cubetas afuera del mercado; le dijeron que necesitaba un permiso especial. Poco les importó que fuera una fruta característica de Sonora y de temporada. A los inspectores municipales les da igual si el vendedor ofrece piratería o vende fruta. 
Esa historia recuerda a lo que diariamente sucede en el centro de Cuernavaca. Los indígenas con carretillas multicolores copadas de mangos, fresas, mameyes, mandarinas y otras frutas sufren el acoso de las autoridades. Los inspectores de gobernación no alcanzan a ver la diferencia entre quien ofrece productos que enriquecen la experiencia de los paseantes de los que la empobrecen. 
Tampoco distinguen la diferencia entre un vendedor ambulante y uno semifijo. Claramente quien lleva una carretilla se mueve de un lado a otro y se la lleva al terminar la vendimia,  en cambio, los puestos semifijos se quedan en un mismo punto todo el día. 
El especialista en temas urbanos y actual alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa, lo ha dicho claramente: “En cuanto a los vendedores ambulantes, en los barrios, por ejemplo, no generan problema, si los vecinos no tienen objeción. La discusión se limita a sitios céntricos y vías arterias, donde la ocupación caótica masiva crea congestión, desvaloriza, genera inseguridad, ahuyenta a locales y turistas. Hay ventas de productos que se consumen en la calle, como dulces, helados, jugos, café o flores, que pueden estar allí de manera ordenada, pero claramente no de ropa”.  Lo que se vende marca una diferencia esencial entre el ambulantaje positivo y el negativo.  
Por eso hoy, cuando supuestamente se revisa el padrón de ambulantes en el centro de Cuernavaca, el criterio que debería prevalecer es el de la oferta. ¿Lo que venden contribuye a enriquecer la experiencia de los visitantes del centro? En mi opinión, por ejemplo, las carretillas de frutas cumplen con ese criterio. Hacen más bellas las calles y los vasos de frutas son algo que uno puede comer mientras camina. 
En la delegación Miguel Hidalgo en la Ciudad de México, se está realizando un concurso para diseñar los nuevos puestos que existen en el parque Lincoln de la colonia Polanco. Con ayuda de la organización ciudadana “Refleacciona” se está invitando a arquitectos, diseñadores industriales, urbanistas y demás creativos a diseñar un nuevo puesto para la venta de helados, jugos, chicharrones y tortas, entre otros productos. La intención es dignificar el espacio público y los mismos puestos. 
Unas preguntas: ¿se está haciendo algo similar en la millonaria obra de remodelación de la plaza de Armas? ¿Hay algún proyecto interesante para dignificar los puestos que, aunque algunos sueñen que no habrá en la plaza, seguro existirán? ¿El municipio tiene algún proyecto que incluya mejorar la imagen de este tipo de puestos ahora que haga nuevamente el padrón? 
Pocas cosas afectan más al centro que los puestos semifijos que venden desde almohadas hasta calzones, pasando por la piratería y los productos chinos al por mayor ¿Se atreverán los políticos a ponerle un alto a este tipo de vendimia nociva y fortalecer el ambulantaje positivo? 

 

Por: Vera Sisniega / www.verasisniega.org