A PUNTO de que sean 25 mil homicidios dolosos en todo el país y con proyección de llegar a los 30 mil al cierre de año, poco a poco pierde fortaleza el argumento de que todo es culpa de los gobiernos pasados.

 

Hay “quienes quieren combatir a la delincuencia organizada a toda costa, caiga quien caiga, y la de quienes pensamos que ya fue suficiente el derramamiento de sangre que desde hace años padecemos”.

 

Tan cierto lo uno como lo otro dicho en el Senado por Alfonso Durazo, el secretario de Seguridad y Protección Ciudadana, pero literalmente al final de cuentas no se ve la transformación. En 2018 fueron 29 mil 105.

 

LLEVADA ESA tendencia nacional al ámbito morelense, el panorama no es menos preocupante, porque no se observa a corto o mediano plazo aquel punto de inflexión sobre inseguridad citado por Durazo Montaño.

 

Por el contrario, el panorama adverso no solo desestimula la confianza ciudadana, sino que también sirve para el ataque a las instituciones, lo que de ninguna forma contribuye a mejorar la situación de la mayoría.

 

Alias, sobran razones para el golpeteo político, pero descalificada toda acción de gobierno queda claro que no hay reducto alguno en defensa del ciudadano. ¿Acaso correr funcionarios resuelve la problemática?

 

COMO SI la delincuencia organizada no tuviera un desarrollado sentido de sus fortalezas y debilidades, así como de estrategias aun primarias, la polarización social ante las autoridades crea un ambiente más negativo.

 

No hay que ir muy lejos en el mapa para ver la desventaja de nuestra sociedad ante el delito, como tampoco para entender que se necesita algo más que descalificar a la autoridad para ver mejores resultados.

 

O ¿acaso será tiempo de tomar con seriedad la oferta de ayuda del presidente estadounidense Trumph? Seguramente no, en principio porque el beneficio, probable, tal vez se convertiría en otro perjuicio.

 

ES TIEMPO quizá de que desde la máxima autoridad de gobierno nacional se reconsidere la postura frente al delito, así como la forma de afrontarlo, si es que no se le quiere combatir. ¿Cuánto hay que esperar?

 

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