Nunca como durante la administración de Graco Ramírez la economía de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM) había estado tan mal, crítica, desplomada al punto del colapso. De hecho, sus condiciones financieras continúan siendo precarias. Pero excepto a la comunidad universitaria a nadie más parece importar este problema que no es sólo económico, también social. El Congreso local no ha fijado una posición concreta, específica, comprometida de veras; sólo el Frente Progresista de Mujeres –Tania Valentina Rodríguez, Keila Figueroa y Érika García, entre otras– se mostró solidario este miércoles cuando fue suspendida la sesión para atender a estudiantes que aprovecharon el “no se olvida” del 2 de octubre de 1968 para subrayar la urgencia de la aprobación del presupuesto 2020 de la UAEM. Que se espera sea del cinco por ciento –unos 500 millones de pesos–, para regularizar la situación financiera de la casa de estudios, precisó en una declaración a medios el rector Gustavo Urquiza Beltrán. ¿Pero se puede?, ¿es posible realmente? Aparentemente sí, pero siempre y cuando la totalidad de los ayuntamientos cumplan con la aportación del impuesto del 5% pro Universidad, y que tanto el gobierno federal como el estatal aporten lo que les toca y un poco más hasta redondear un presupuesto de aproximadamente mil 300 millones de pesos. Pobreza, es la palabra que no pasa de una declaración demagoga para “dar la nota” del secretario Pablo Ojeda, quien intenta parafrasear a AMLO diciendo que la prioridad presupuestal del Gobierno del Estado será abatir la pobreza en la que vive la mitad de la población. ¡Puf!.. LA solución al problema del comercio ambulante y semifijo va más allá de sacarlos de las banquetas. Meses atrás, no la fue desalojando a  unos cuantos del Zócalo. En el fondo del asunto está la subsistencia de miles de familias que se ganan la vida en el centro histórico, en otros sitios peatonales de Cuernavaca y en poblaciones del interior del estado. Y el quid, buscar espacios adecuados para reubicarlos. Un cuento de nunca acabar. En el centro de Cuernavaca viene de los ochenta; llegó con la implantación del modelo de gobierno neoliberal. Invadidas décadas atrás las aceras de Guerrero por vendedores de mercancía contrabandeada, fueron metidos al Pasaje Degollado, entonces más conocido que hoy como “mercado de la fayuca”. Comerciantes ambulantes siempre ha habido en las afueras del mercado ALM y en los mercaditos municipales; sus utilidades “pintan” en el PIB de Morelos. Pero el ambulantaje siguió surgiendo del desempleo, apoderado gradualmente de sitios alejados del primer cuadro hasta convertirse en semifijos. Fue así que la construcción del Pasaje Lido y el “reordenamiento” del Puente del Dragón sacó del Zócalo y calles circundantes al comercio informal. Sin embargo, ante la persistencia de la falta de empleos formales, más familias vinieron engrosando el ambulantaje hasta formar parte del paisaje del Zócalo, el Jardín Juárez, la explanada del “Morelotes”, Galeana, Matamoros, Guerrero y No Reelección. Un cuento de nunca acabar que se repitió el miércoles en la banqueta del hospital del IMSS de Plan de Ayala. Desalojar a unas tres docenas de comerciantes fue una tarea penosa pero necesaria para el Ayuntamiento; se sabe que el personal médico llevaba años exigiéndolo, por razones sanitarias. Ahora el quid es dónde reubicarlos. Complejo el mundo del comercio ambulante, practicantes sus componentes de una cultura contraria a la formalidad y a los trámites burocráticos, resistentes a las propuestas que signifiquen cambios a su modo de ser y su rutina de trabajo, para la corrupción de sus líderes representa dinero, mucho dinero. Fenómeno de múltiples aristas, en el comercio informal hay patrones y empleados de puestos en mercados municipales y el centro comercial ALM. Unos semifijos y ambulantes son autónomos, y otros empleados sin seguridad social: eloteros, vendedores de globos, etc., etc. Caras las consultas médicas y exorbitantes los precios de los medicamentos, se enferman y no tienen IMSS o ISSSTE y muchos ni Seguro Popular, así que les quedan tres opciones: empeñar hasta la camisa para poder ser recetados por médicos particulares, ir a los hospitales de la red de la Secretaría de Salud o acudir a la medicina tradicional, incluidas yerbas, curanderos eficaces, brujos de a de veras y charlatanes. Todos tienen derecho a ganarse la vida; si hubiera suficientes empleos formales no habría comerciantes informales. Échese el lector este trompo a la uña: en la Ciudad de México, el comercio informal data de 1885 e involucra actualmente a 1.9 millones de personas que representan 21.2 por ciento del total de la población ocupada… (Me leen el lunes). 

 

José Manuel Pérez Durán
jmperezduran@hotmail.com