Fue un miércoles como hoy, pero de hace 51 años. Aquella noche la hermana del columnista subió a su departamento de Tlatelolco, justo en el edificio Chihuahua, en un costado de la Plaza de las Tres Culturas. Hacía minutos que la masacre de estudiantes había sucedido, y ella vio sangre en el piso de la escalera. Después contaría, estremecido el cuerpo por el recuerdo atroz: “sentí que olía como a muerte”. Y se preguntaba a sí misma: “¿la muerte huele?”. Las crónicas de la masacre tardaron mucho tiempo, medrosas, autocensuradas, incompletas como ésta: “A las cinco y media del miércoles 2 de octubre de 1968, aproximadamente diez mil personas se congregaron en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas para escuchar a los oradores estudiantiles del Consejo Nacional de Huelga (CNH), los que desde el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua se dirigían a la multitud compuesta en su gran mayoría por estudiantes, hombres y mujeres, niños y ancianos sentados en el suelo, vendedores ambulantes, amas de casa con niños en brazos, habitantes de la Unidad, transeúntes que se detuvieron a curiosear, los habituales mirones y muchas personas que vinieron a darse una asomadita. El ambiente era tranquilo a pesar de que la policía, el ejército y los granaderos habían hecho un gran despliegue de fuerza. Muchachos y muchachas estudiantes repartían volantes, hacían colectas en botes con las siglas CNH, vendían periódicos y carteles, y, en el tercer piso del edificio, además de los periodistas que cubren las fuentes nacionales había corresponsales y fotógrafos extranjeros enviados para informar sobre los Juegos Olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde”… A Cuernavaca el 2 de octubre de 1968 llegó como un rumor siniestro que flotaba en el aire más allá del bosque de Tres Marías. La Universidad Autónoma del Estado de Morelos entró en huelga, duró un año sin clases, el rector Teodoro Lavín González encabezó una manifestación de estudiantes. Dos o tres días después de la represión brutal en la explanada de Tlatelolco, los universitarios morelenses realizaron una marcha de protesta. Caminaron de la glorieta de Buenavista al Zócalo, enarbolaron las mismas banderas que el CNDH integrado por representantes de escuelas y facultades del Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Escuela Superior Normal de Maestros, la Universidad Autónoma de Chapingo y la Universidad Iberoamericana y otras instituciones: la derogación del artículo 145 bis del Código Penal (tipificado el delito de “disolución social”, el gobierno represor de Gustavo Díaz Ordaz tenía el pretexto para encarcelar a las voces disidentes) y la destitución de los jefes policíacos, los generales Luis Cueto Ramírez, Raúl Mendiolea y el teniente coronel Armando Frías. ¿Pero en aquellos días cómo era el tono de la vida en aquella Cuernavaca de unos 80 mil habitantes? La música de Los Beatles estaba en su apogeo, estridente la rockola de 20 centavos la pieza en la fuente de sodas “Blancanieves” en la esquina de Clavijero y Gutenberg. En el fondo de la parte baja del edificio Las Plazas se concentraban los hippies tlahuicas, la mayoría locales y uno que otro gringo, ahí, donde se estableció la primera hamburguesería de franquicia, el Burger Boy, concurrida por chavos enfundados en pantalones acampanados, playeras desteñidas y huaraches, y muchachas luciendo minifaldas atrevidas, blusas de colores chillantes con dibujos sicodélicos y sandalias de correas estilo romano. Pero no todo eran melenas alborotadas, collares de cuentas grandes, marihuana barata, rock y sexo sin compromiso. La ciudad de las barrancas y las colinas mostraba otros colores. Remunerativo el salario mínimo, a las familias de obreros les alcanzaba para vivir con modestia pero sin padecer pobreza. La élite de trabajadores especializados de la nueva planta ensambladora de coches Datsun (Nissan), torneros, pintores, tapiceros, etc., ganaban cien y más pesos diarios, equivalentes a unos mil de hoy. Textiles Morelos estaba en su apogeo, daba cientos de empleos, vivienda y escuela a los hijos de sus obreros. Hoy los viejos recuerdan tristes, nostálgicos. Lamenta el octogenario sentado en la banca del Jardín Juárez: “La tranquilidad se fue y está cabrón que regrese”. Razones les sobran para estar enojados. Hablan de la inseguridad y los sesenta, de la matanza en la Plaza de las Tres Culturas, la represión, los universitarios, los soldados abriendo fuego contra la muchedumbre… y la impunidad porque luego de medio siglo ni Luis Echeverría ni Díaz Ordaz recibieron el castigo que merecían; nunca fueron a prisión. Echeverría es un viejo decrépito de 97 años que, si los tiene, desgrana sus arrepentimientos en secreto; se le sabe postrado en un rincón de su caserón de San Jerónimo. Díaz Ordaz, el cínico que dijo que estaba “orgulloso del año de 1968, porque le permitió salvar al país”, se llevó a la tumba su arrogancia el 5 de julio de 1979 cuando murió a la edad de 68 años, el número del año de la masacre que no se olvida… (Me leen después).

 

José Manuel Pérez Durán
jmperezduran@hotmail.com


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