El hogar del pintor Guillermo Monroy se encuentra detrás de un muro de tabiques rojos en céntrica calle de Cuernavaca. Al trasponer el portón verde, sin timbre, se bajan unos escalones al aire libre, ya ante el edificio subo dos tramos de 18 escalones cada uno “¿Y los sube y baja el maestro a sus casi 96 años de edad?, pregunto. “Sí” responde su único hijo el compositor, músico e intérprete de guitarra clásica, Guillermo Diego, “ayudándolo un poco.”

Tan pronto entramos al bonito pero sencillo departamento lleno de luz, este sobreviviente de ese México Rojo que él vivió como alumno de Frida Kahlo y ayudante de Diego Rivera, nos encontramos con Monroy, esperándonos sentado, con lentes negros –ya estoy muy mal de la vista-, con una sonrisa tan larga como su blanca barba. Tan pronto inicia la primera pregunta, apenas me da tiempo de prender la grabadora y colocarla frente a él, cuando comienza su evocación de Frida.

“Verá usted, su enorme personalidad, mexicanísimos atuendos, pero sobre todo su energía y su actitud positiva llena de luz ante la vida pese a los dolores que la acompañaban siempre, lograba que sintiéramos por ella, además de admiración, un enorme respeto. Ella hacía a un lado y ocultaba con donaire, cualquier rictus de dolor. La recuerdo como una flor, con una sonrisa llena de sol, animándonos siempre para pintar lo más hermoso que pudiéramos.”

Además de haber sido Frida Kahlo una maestra muy original en la enseñanza de la pintura, “pinten como quieran pero que les salga bien”, nos decía, Monroy uno de los dos alumnos sobrevivientes de la carrera de Artes Plásticas de la Escuela Nacional de Pintura y Escultura La Esmeralda, el otro es Arturo Estrada que vive en la CDMX, y que la frecuentó casi hasta su muerte, narra en esta amena entrevista, que tan pronto vieron a Frida llegar el primer día de clases, Monroy la contempló extasiado: “Claro que me enamoré de ella, con todo respeto, como otros de sus alumnos, ese día Frida se presentó con un precioso vestido de tehuana con grandes flores amarillas en la cabeza.”

“Era tan bella que cuando nos invitó a buscar modelo para pintar al desnudo, le dije: Maestra, con todo respeto, es usted una mujer tan hermosa por qué no nos permite pintarla. Ella seria, respondió: Si todos sus compañeros están de acuerdo, adelante. Y sí, todos lo estuvimos. Desafortunadamente esos dibujos apenas como bocetos guardados en La Esmeralda en un locker, un día desaparecieron de allí”.

Oriundo de Tlalpujahua, Michoacán, -radica en Cuernavaca desde hace 60 años e impartió muchos años clases en la Instituto Regional de Bellas Artes, IRBAC, ya desaparecido-, Monroy confiesa: “Eran tiempos muy politizados, los años cuarenta y parte de los cincuenta; los jóvenes de entonces que participamos en movilizaciones, no teníamos una ideología precisa, no leíamos ni conocíamos nada de los teóricos rusos, solo nos animaba el deseo de mejorar las cosas. Mi padre era un modesto obrero, así que yo sabía de carencia y de joven fui inconformista con la situación de pobreza de mi familia desde antes de conocer a Frida. Ya después, escuchando sus pláticas y las del maestro Diego fui orientando mejor mis pensamientos hacia una ideología más de izquierda con mayor conocimiento”.

“Lo mejor que aprendí de ellos fue su estilo de vida y su compromiso con las causas sociales. A sus alumnos, Frida nos decía que tratáramos de ser felices, ella, rodeada de tanto dolor, insistía que le echáramos ganas, con convencimiento, a todo lo que hiciéramos, aprendí de ellos también su compromiso con sus ideales del partido comunista al cuál, Fridita nunca quiso ingresar, simplemente no quería, decía que ella no era de partidos. Pese a ello cuando murió, por cierto, el 13 de julio 1954, otro de los Fridos, -así nos llamaron a sus alumnos-, Arturo García Bustos le colocó sobre su féretro la bandera roja con la hoz y el martillo.

“En ese entonces la militancia política marchaba de la mano con el arte, dos o tres veces acabé en la cárcel por mi participación política. En el mitin por el Día del Trabajo en 1952, dos años antes de que muriera Frida, fue tan fuerte que hasta balazos hubo, hirieron en una pierna de un tiro a uno de los ayudantes del maestro Diego que después falleció desangrado, que tuvimos que proteger a Diego y a Siqueiros los que incluso aún con sus diferencias ideológicas, fueron amigos toda la vida desde que se conocieron en París, contaba Frida.”

“Incluso Frida que no simpatizaba para nada con Stalin, no por ello dejó de estar muy ligada a la Unión Soviética, sin embargo fue tan auténtica que la alabaron personajes como Nelson Rockefeller, Picasso y León Trotsky al que trató mucho aquí cuando llegó a México gracias a que su marido Diego intervino ante el presidente Lázaro Cárdenas, el único que le dio asilo cuando el resto del mundo se lo negó.

“Al morir Frida, luego del homenaje que se le hizo en el Palacio de Bellas Artes, ya en el Panteón Dolores, la bajamos en hombros directo al Crematorio. Ahí nos pidió Diego que mientras entraba el cuerpo de Frida al horno, cantáramos bien fuerte las canciones que tanto le gustaban a su esposa, así es que entre, Adiós mi Chaparrita, El Venadito, La Coronela, Te he de querer, te he de adorar aunque le pese al mundo, Yo ya me voy, La Rielera y otras más, su cuerpo fue convertido a cenizas. En la cantada, a todo pulmón y sin lágrimas porque teníamos que ser fuertes, participaron también los maestros Diego, su hija Ruth Rivera, Siqueiros y el maestro Vicente Lombardo Toledano, entre otros. Cuando terminó la incineración, el maestro Diego, sacó un paño de colores preciosos rojo y turquesa y pidió que ahí colocaran sus cenizas y las metieran a una olla de barro, mientras cantábamos Ya se va la embarcación, ya se va por vía ligera. Así fueron las cosas, concluye sin muchas ganas el maestro, aquejado de fuerte bronquitis acompañado de una terca tos que lo invadía a cada momento y de su hijo Guillermo Diego. 

 

Trayectoria artística de Guillermo Monroy

Monroy es pintor de caballete, muralista, dibujante y grabador,  su obra ha sido expuesta de manera individual en varios países del mundo como Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental, la Unión Soviética, China, Popular y los Estados Unidos de Norteamérica,  de manera colectiva, ha expuesto en el Palacio de Bellas Artes, en la Galería de la Plástica Mexicana, en el Museo Anahuacalli, en la exposición Pasión por Frida que se presentó en el Museo Diego Rivera y en la Exposición de Arte Gráfico que recorrió varios países de los Estados Unidos, en el Instituto Cultural Mexicano de San Antonio, Texas, en el Banco Nacional de Comercio Exterior, Bancomext, en la Galería del Bosque,también en el Instituto Politécnico Nacional, en el Palacio de Cortés, en el Jardín Borda y en la Galería de la UAEM. 

Su estancia en Cuernavaca abarca significativos encuentros con David Alfaro Siqueiros, José Revueltas, Kitzia y Herbert Hofmann, Marco Antonio Montes de Oca y Eduardo del Río Rius. En 1968 realiza en co autoría con Alejo Jacobo la extraordinaria ofrenda monumental dedicada al Día de Muertos Miquitztli con ocasión de las Olimpiadas en México. 

 

Lya Gutiérrez Quintanilla
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