Alcalde de Jiutepec, Rafael Reyes Reyes anunció este lunes que el área jurídica del Ayuntamiento a su cargo promoverá denuncias penales versus su antecesor, José Manuel Agüero Tovar, y ex funcionarios de la propia Comuna por un quebranto económico de 715 millones de pesos. ¿Quiénes? No lo dijo, digamos que por el sigilo de la investigación si de un proceso policial en curso se trata. Pero de que “Rafa” habla de una importante cantidad de dinero, ni hablar. Demasiado considerando que los ingresos anuales de Jiutepec con trabajos llegan a 600 millones. Y que en este caso la suma de recursos cuyo manejo es responsabilidad principal del ex edil corresponde al rubro de la deuda, da para la sospecha de la presunción del mal uso de la “billetiza”. Cuestiones ésta y otras que la Entidad Superior de Auditoría y Fiscalización (ESAF) puede y debe precisar practicando auditorías especiales a los ejercicios fiscales de 2016 y 2017 por petición de la Legislatura estatal. O dicho sea lisa y llanamente, que los matemáticos de la ESAF hagan bien su trabajo para evitar que, como suele ocurrir, este asunto no degenere en uno solamente mediático. Lo cual por otro lado da para que los diputados les pregunten a más ex presidentes municipales con reputación de malandros: “¿y en casa cómo andamos?”… Grosso modo, en Morelos existe un parque vehicular de cerca de alrededor de 700 mil unidades, es decir, poco menos de tres personas por cada automotor a partir de una población cercana a dos millones de habitantes (exactamente un millón 920 mil 350 en 2016, según el INEGI, más lo que haya aumentado). El cálculo considera los vehículos con placas de Morelos y también los que se desplazan en el territorio estatal con láminas de otras entidades, sobre todo Guerrero, el estado de México y la CDMX. Lo anterior debería alarmarnos por la emisión de contaminantes a la atmósfera, problema para el que la situación orográfica de Morelos permite que los vientos “barran” con las partículas suspendidas de bióxido de carbono, ventaja que no tienen en el Valle de México donde las serranías impiden esa limpieza con la regularidad requerida. Por ese lado la vamos librando. El asunto del parque vehicular de Morelos es de otra índole: dicho sin ambages, estamos en el punto crítico de resolver una cuestión que nos debimos plantear hace más de cuarenta años, pronosticada fatalmente en la película setentera de Charlton Heston “Cuando el destino nos alcance”. Eso parece habernos sucedido en materia de vialidades urbanas, suburbanas y federales. Ya no hay para dónde hacerse, salvo la zona poniente. Hacia allá apunta la necesidad de expandir la concentración urbana y el desfogue de las arterias, porque Cuernavaca ya no da para más. Con la capital se incluyen los cinco municipios que integran la todavía no formalizada del todo Zona Metropolitana del Valle de Cuernavaca (Temixco, Jiutepec, Xochitepec, Tepoztlán y Huitzilac) como parte de la gran concentración. Haciendo un poco de memoria, encontramos que la única gran avenida en Cuernavaca data de hace cuatro décadas: Teopanzolco que alivió parcialmente la concentración vehicular en la zona nororiente de nuestra ciudad. Siguió el Puente Cuernavaca 2000, que une el tráfico de la calle Jesús Herlindo Preciado y la avenida Álvaro Obregón; después el puente que articuló las avenidas Palmas y Domingo Diez, más tarde “El Puente Idiota” que no mitigó sino complicó la circulación en el crucero del Casino de la Selva; la ampliación del puente de El Túnel, además de ensanchamientos suburbanos o foráneos como los del tramo Acatlipa-Alpuyeca, los pasos a desnivel del Paseo Cuauhnáhuac y extensiones de vialidades en  Jojutla y Jiutepec. Es decir, se han ensanchado calles y carreteras ya existentes, pero no se han construido nuevas, mientras el número de vehículos ha crecido exponencialmente. Si a principios de los años veinte, al término de la Revolución Mexicana había uno o dos coches Ford Modelo “T”, de los pocos que se habían aventurado por la carretera de diligencias de Tlalpan y Topilejo a Huitzilac y Cuernavaca, cien años después por las arterias de asfalto de Morelos circula más de medio millón de automotores, esos “patas de hule” que ya no tienen por dónde desplazarse sin atizar el caos del tráfico citadino. Nada más hay que checar puntos en un día normal de clases como la bajada o subida a Chalma, El Polvorín, avenida Diana y, por supuesto, el viejo libramiento México-Cuernavaca que efectivamente debería nombrarse Paso Exprés pero no porque la circulación sea rápida, sino habida cuenta la rapidez con la que produce muertos y heridos… (Me leen mañana).

 

José Manuel Pérez Durán
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