Ya era domingo cuando el personal de la Fiscalía hizo la diligencia penosa del levantamiento del cadáver en el crucero de Tres Marías, cerquita del sitio de taxis. Sucedió que poquito antes corrían los últimos minutos del sábado cuando un joven caminaba por la avenida Zempoala y un hombre le metió un balazo. Al rato se supo que a la víctima le hallaron una identificación del Ejército Mexicano –era soldado, pues–, que se llamaba Jonathan Joel y tenía 27 años. Terminado su trabajo, los policías de investigación criminal, los peritos y el agente del Ministerio Público se retiraron a Cuernavaca. Pero los mismos u otros servidores públicos debieron regresar, esta vez al centro de Huitzilac. Por ahí de las once de la mañana, Ricardo Riveros Hernández estaba recargado en su Tsuru gris, a una cuadra del Palacio Municipal, y su mujer junto a él. En ese momento pasó una camioneta negra con varios sujetos a bordo. Dispararon, Ricardo cayó muerto y ella fue llevada herida a un hospital de Cuernavaca. En la Fiscalía informaron que todo ocurrió a las 11.15 horas, en momentos en que Huitzilac celebraba el festival del Pulque y la Barbacoa 2019, de modo que, reforzada la vigilancia policíaca, la gente se sentía segura. Dicho así pese a la triste fama de Huitzilac, a cuya gente ‘ora sí que la violencia los acostumbró a velar muertos con cerillos. Trampa letal, el tramo Zempoala de la carretera federal Cuernavaca-Toluca es famoso en todo México porque por años ha cobrado cientos de vidas, asesinadas la mayoría y accidentadas las menos. Las bandas de salteadores de caminos que ahí operan son de tercera o hasta de cuarta generación. Impunes los más y apresados muy de vez en cuando los menos, roban, matan, vejan, asustan. Cueva de lobos apenas se oculta el sol, sinuosa y solitaria la carretera bordeada por el bosque espeso, por el atajo a la capital mexiquense transitan transportes de carga, de pasajeros y vehículos particulares. Evitando la ida a la Ciudad de México, sienten que ahorran tiempo, y eso es cierto, pero no vale la pena ya que ponen en peligro la vida. La gente prudente de Cuernavaca, Huitzilac y Tres Marías no se atreve a cruzarlo de noche, y a los que lo hacen su osadía suele costarles la vida. Listos los depredadores para caer sobre su presa, se agazapan en medio de la oscuridad y la soledad de la selva. Andan armados, ponen piedras o troncos en la carretera, emboscan a hombres y mujeres, les roban cuanto de valor llevan y muy seguido los matan. En Huitzilac los conocen, saben quiénes son pero de tontos lo dicen, por seguridad. Casi siempre los policías brillan por su ausencia, ausentes los gendarmes federales e insuficiente el número de elementos del mando coordinado –o único, lo mismo da el membrete– en la carretera y la  cabecera municipal, cuando llegan al escenario del atraco ya es demasiado tarde, los malhechores han desaparecido y, si vivas salieron, las víctimas pasan por el otro calvario de la declaración ministerial, el reporte de los celulares robados, la frustración de que no recuperarán los objetos y el dinero perdido y el coraje de que los asaltantes rara vez son encarcelados. Si el bosque y las lagunas pudieran hablar, contarían historias espantosas. Como ésta: de terror fue una noche de un domingo de julio de 2016 para tres mujeres, madre e hijas, que fueron atacadas sexualmente por un grupo de dementes encapuchados en las cercanías de la laguna de Zempoala, heridas a balazos, una de ellas muerta y el novio de ésta desaparecido cuando iban de regreso a su pueblo del estado de México luego de disfrutar una fiesta familiar en Cuernavaca. Recurrentes los episodios sangrientos, en julio de 2011 en el tramo siniestro fue asesinado por sujetos desalmados el comunicador y catedrático de la Universidad Iberoamérica de la Ciudad de México, José Manuel Vargas Reynoso, y lesionada su acompañante Daniela Huda Tahrumi Navarro. Hace siete años, una madrugada de enero de 2012 un cuarteto de trabajadores de Nissan Mexicana salió de Toluca hacia la planta de Civac pero fue interceptado por una camioneta cuyos ocupantes los mantuvieron secuestrados durante catorce días. Historias que no es igual imaginarlas que protagonizarlas. Provenientes de pueblos mexiquenses que colindan con suelo morelense, familias de “barbacolleros” que los fines de semana vienen a Cuernavaca para vender, esos sí pueden hablar. Dos de cada tres coinciden: “A nosotros ya nos tocó”. De vuelta a sus comunidades, llevan el efectivo de la venta, los salteadores lo saben y los dueños de los puestos de barbacoa pagan la cuota de la impunidad… (Me leen mañana).

José Manuel Pérez Durán
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