A finales de 1920 y principios de los años treinta, con la vuelta a la casi normalidad en Morelos y sus ciudades y poblados, la vida tomó su propio cauce. Si vivieran los abuelos nos contarían anécdotas de aquello que vivieron: Cuernavaca era todavía de calles empedradas, de modo que la principal vía de acceso y salida, la avenida Morelos, conservaba aquella característica. Entonces famosas, Las Posadas en las vecindades sobresalían por su organización y concurrencia las que preparaban los inquilinos de “La Coronela” y “El Pájaro”. La primera y cuyas ruinas aún permanecen en pie, ubicada calle abajo de Leandro Valle y la curva de Guerrero, al lado de los arcos, el antiguo emplazamiento de los lavaderos comunitarios para las señoras del rumbo. La segunda, en la calle de Degollado casi esquina con Álvaro Obregón, y las dos, conglomerados urbanos de viejas rivalidades. Los chamacos se disputaban a niñas y señoritas, y no faltaba el motivo de pleito entre ellos. No obstante compartir la misma extracción humilde, las populosas vecindades eran enemigas acérrimas. Antes de la descripción de Las Posadas en emplazamientos emblemáticos de mediados del siglo pasado en Cuernavaca, vale hacer un paréntesis para recordar el origen de ambas vecindades. El medianamente enterado de la historia de la capital morelense sabe que “La Coronela” fue construida por doña Rosa Bobadilla, guerrillera zapatista nacida en 1889 en Coatepec de las Bateas, estado de México. Casada en plena juventud, sufrió injusta persecución por las autoridades del distrito de Tenango. El coraje por la injusticia de que había sido víctima la unió al sentimiento de los campesinos e indios de los municipios ubicados al sur del Valle de Toluca. Poco después se unió a las fuerzas de Emiliano Zapata, ganándose el grado de coronela en la Brigada de Francisco Pacheco. Hacia 1918, cuando Cuernavaca volvía gradualmente a repoblarse, Rosa Bobadilla pidió autorización a Zapata para construir cuartos donde vivieran las mujeres viudas, en el terreno cercano a los arcos de los lavaderos. Es decir, una vecindad para mujeres de “la bola” revolucionaria. El permiso fue concedido y La Coronela movió todos sus contactos para construir las viviendas. “El Pájaro”, en cambio, se edificó con mujeres y viudas de los “guachos” o “pelones”, o sea, los soldados de la tropa federal. En el cruce de Morelos y Degollado, en la contra esquina del edificio Latinoamericano había un gran predio habilitado como corral para los caballos de la tropa, cuyo cuartel estaba en la siguiente esquina de Morelos y Arista que ocuparía la Junta de Conciliación y Arbitraje. Cuesta abajo de Degollado y hacia Obregón llegaron para asentarse las “guachas”, mujeres de la soldadesca federal. Al contrario de la bien construida vecindad de “La Coronela”, la “Del Pájaro” surgió improvisada con materiales de desecho, y luego algunos cuartos construidos más o menos apegados a cierto decoro. El carácter de las “guachas”, forjado en el andar atrás de sus hombres, metidas prácticamente en el fuego cruzado y con los críos a cuestas, más la obligada necesidad de encontrar alimentos para su “guacho” y los hijos, las forjó “entronas”, habladoras y peleoneras. Hechas para el trabajo rudo, no se andaban con sutilezas. De ahí la fama bravucona y pendenciera de los habitantes de “El Pájaro”, nombre sobre el cual los cronistas no se ponen de acuerdo respecto a su origen. Obligada la rivalidad entre los inquilinos de doña Rosa y Del Pájaro, en diciembre hacían una tregua, aplazando las habituales rencillas entre los niños y los jóvenes de una y otra vecindades a condición de que unos y otros no se metieran entre los Peregrinos para quemarles las trenzas a las niñas y jovencitas, y mucho menos echarle cerillos o cohetes a las piñatas. Como en otros puntos de Cuernavaca, en los dos vecindarios la tradición se seguía al pie de la letra. Las señoras se organizaban para distribuirse el gasto de las nueve posadas, del 16 al 24. Antes de disponer las piñatas habían sacado a los Peregrinos y cantado la petición de posada que correspondía darla a la familia encargada de recibirlos. El rezo y las plegarias se cumplían rigurosamente. Cada familia responsable de una posada debía elaborar o comprar dos o tres piñatas, la colación de frutas y dulces para compensar a aquellos menos osados que nada agarraban de la olla quebrada; elaborar el ponche de frutas, con su respectivo “piquete” para los grandes, y conseguir el tocadiscos para que los jóvenes y las parejas de casados se echaron un bailongo –incluidos danzones y boleros, por supuesto– una vez que andaban a los niños a dormir, y las chamacas y los chamacos se escondían entre los lavaderos o detrás de los árboles para besarse a escondidas de sus padres y abuelos. La tradición continúa, pese a épocas violentas o cambios socio-económicos y políticos. Después de todo, la acumulación de los momentos de alegría y tranquilidad forman la reserva de voluntad para salir adelante este fin de 2018… y lo que viene… (Me leen después).

Atril
José Manuel Pérez Durán
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