Mi papá, don Arturo Brizio Ponce de León se retiró del arbitraje profesional cuando le ofrecieron desempeñarse como gerente de los Pumas; toda vez que, eran incompatibles su actividad con el silbato y su pertenencia con el equipo representativo de nuestra máxima casa de estudios.
Un buen día, se ofreció que tenía que firmarle contrato a una joven promesa del club, un zurdito que se desempeñaba como extremo izquierdo; pero, al momento de que “el mozalbete” estaba a punto de rubricarlo, surgió un inconveniente.
MI jefe se dirigió a la oficina del Lic Arturo Chávez, presidente del club, para informarle: “Pues este muchacho pone como condición para firmar que se añada a su contrato una cláusula que le garantice que regresando de los Juegos Olímpicos Montreal 76, se le garantice que jugará como titular”.
Bueno sería mencionar que ante la exigencia del joven novato, mi progenitor le había contestado sarcásticamente: “sí, vamos a sentar a Cuellar para que tú juegues”, recibiendo, sorpresivamente, una petulante respuesta: “A mí no me importa a quién sienten, yo regreso a ser titular”.
Leonardo Cuellar era el extremo izquierdo indiscutible, no solamente en la escuadra universitaria; sino también en la Selección Nacional.
El Lic Chávez sonriendo y con ademanes que implicaban condescendencia instruyó a su gerente en turno diciéndole: “Agréguele la cláusula que el muchacho solicita”.
Probablemente ya adivinó usted, estimado lector, se trataba de “el niño de oro”, quien regresando de los Juegos Olímpicos, debutó con los Pumas anotando un gol de tiro libre, en el Estadio Azteca, que entró en el ángulo superior izquierdo con el que derrotaron al América por la mínima diferencia.
Esta anécdota viene a cuenta para dar testimonio de la confianza que Hugo Sánchez se tenía desde que era un futbolista amateur. Esa determinación que le ayudó a convertirse en el mejor futbolista mexicano de todos los tiempos.
Todavía se me estremece la piel al recordarlo metiendo goles de todos colores y sabores con el Real Madrid. Baste mencionar que no solamente logró cinco Pichichis; sino que, se dice fácil, gano la bota de oro como mejor rompe redes del viejo continente.
Cuando llegó a jugar a la madre patria con el Atlético de Madrid se tuvo que sobreponer a todo, mostrando una gran fuerza de voluntad y determinación para lograr sus metas. Aunque debemos de reconocer que con la Selección su desempeño no fue lo brillante que todos hubiéramos deseado.
Ahora que se ha auto postulado para ser Director Técnico de los merengues, las mofas de los “cangrejos” no se han hecho esperar ¡Nadie es profeta en su tierra!
En mi opinión, su calidad como futbolista y su palmarés como timonel lo avalan. Digo, ser bicampeón con el equipo mexicano de sus amores no es cualquier cosa.
Hugo goza de mi admiración y mi respeto. Comprendería que algunos “carroñeros” en España lo pusieran en tela de juicio; pero ¿En México?... no fuera extranjero.

Por: Eduardo Brizio / ebrizio@hotmail.com