Cuando a los perros los amarraban con longaniza o la analogía de antes del modelo neoliberal de gobierno. Andrés Manuel López Obrador conoce bien el vocablo “neoliberal”, el sábado lo repitió reiteradamente en su discurso de toma de posesión como presidente de México. ¿Pero qué de la mayoría de los jóvenes? Escuchan las palabras “modelo neoliberal de gobierno” y se quedan en ascuas. Algún chico curioso lo “gugleaerá”, y hasta ahí; de hecho, es ignorado por muchos de los viejos que en los ochenta eran jóvenes. Para entendernos mejor, remontémonos al 82 cuando el presidente Miguel de Lamadrid Hurtado inauguró la época del neoliberalismo económico. Referidos en números redondos, en 1981 el salario mínimo era de 183 pesos, sólo un año después brincó a 244 y de ahí pal’ real hasta llegar a 938 en el ‘85 y romper la barrera de los dos ceros en 1989 en que alcanzó 8,300 pesos. La inflación galopó imparable, ganando durante esa década, la siguiente y casi dos del nuevo milenio la carrera de los precios que volvió más ricos a los ricos, más pobres a los que ya eran pobres y miserables a los que ya estaban atrapados en la pobreza. En el pasado había quedado la época del desarrollo estabilizador, de 1940 a 1970, cuando México creció aproximadamente al 6% anual, tres veces más que durante el neoliberalismo. Para tener una idea clara, sencilla y local del antes y después ubiquémonos en el Cuernavaca de los sesenta. De 20 pesos con 50 pesos era el mínimo en 1966-67. Con 147 pesos a la semana alcanzaba para que un matrimonio de condición modesta pagara lo básico, como una renta de 50 en alguna de las vecindades de Clavijero, Atlacomulco, Salazar, Degollado o la colonia Carolina; hacer la compra de la semana en el centro comercial Adolfo López Mateos, nuevo, flamante; pagar los pasajes de entre 45 centavos y un peso en los camiones (las “rutas” de aquellos años) de las líneas Urbanos de Cuernavaca, Emiliano Zapata y Chapultepec, respectivamente conocidos por los cuernavacenses como “urbanos”, “chocolates” y “chapulines”. ¿Que los domingos había que ir al cine con la novia? Cincuenta pesos eran más que suficientes, incluidas las entradas de 4 pesos al Ocampo o el Morelos, a la salida dos pozoles de 2 o 3 y, si tarde se hacía, el taxi de sitio, a 4 pesos también. ¿Cómo era Cuernavaca antes de que la atacaran el neoliberalismo de la pobreza y la inseguridad? Intento respuestas en una conversación con amigos chilangos que naturalmente desconocen el tema, y con camaradas de Cuernavaca a los que, no obstante ser septuagenarios, los caracteriza la ignorancia. El censo de los sesenta señalaba que la capital de Morelos tenía 85,620 habitantes. En la parte baja del edificio Las Plazas se instalaba la primera hamburguesería de franquicia, “El Burger Boy”, concurrida por muchachos enfundados en pantalones acampanados, playeras desteñidas y huaraches, y chavas de minifalda, blusas de colores chillantes con dibujos sicodélicos y sandalias estilo romano. El mercado ALM estaba recién inaugurado. Los chicos íbamos a nadar al parque Revolución, al canal de Chapultepec o al manantial de ahí mismo. Los domingos, los niños eran llevados por sus padres al balneario Palo Bolero; entrar costaba unos diez pesos y, además de la alberca grandota, había una gruta pequeña en el borde del río de agua transparente. La élite de trabajadores especializados de la nueva planta ensambladora de coches Nissan Mexicana ganaban cien y más pesos diarios, equivalentes a unos mil o más de hoy. Los muchachos solíamos escaparnos a Acapulco los viernes a la medianoche, salías en el Flecha Roja de las doce, llegabas con el amanecer, tenías dos días de playa, sol, mariscos, discotecas y alguna gringuita despistada antes de que a las doce de la noche del sábado tomaras la Flecha de regreso a casa y aquí no pasó nada. Pocos, para no decir ninguno, conocíamos la palabra “neoliberalismo”, y nadie de aquella generación imaginamos que, llegado el neoliberalismo a la política, en Morelos, donde ya había habido más de un gobernador foráneo, tendría a uno del mero Tepito, Cuauhtémoc Blanco Bravo. Publicada ayer una foto de él y al fondo el presídium de San Lázaro minutos antes de la toma de posesión de AMLO, aparece charlando con su pupilo inseparable y jefe de la oficina de la Gubernatura, José Manuel Sanz Rivera; otro sujeto que se parece o es el alguna vez secretario estatal de Seguridad Pública, Cesáreo Carvajal Guajardo, mitómano, protagónico, ajonjolí de todos los moles, y el ex arzobispo Norberto Rivera Carrera, impopular entre los más desprestigiados, individuo de la derecha extrema y por consecuencia antípoda de López Obrador. ¿Lo sabía Cuauhtémoc? No lo creo… (Me leen después).

 

Por: José Manuel Pérez Durán

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