El comentario lo trae a cuento la nota de que recientemente el Ayuntamiento de Cuernavaca intensificó los trabajos de bacheo en diferentes vialidades de la avenida Universidad, que es una de las más afectadas por las lluvias; también en Rancho Cortés, Calzada de los Reyes, Tetela del Monte, Jardín de Tetela, Lienzo Charro, Lomas de Ahuatlán y otras que ya se hallan en condiciones adecuadas para la circulación vehicular. Pero una cosa es leerlo y otra experimentarlo. En la bajada de la avenida Palmira, bordeando la quinta de varias hectáreas de extensión que fue la casa del general Lázaro Cárdenas y cuya hija Palmira acabaría dándole nombre a esta vialidad, había un bache enorme que abarcaba un carril, otro agujero y más y más diseminados entre curvas, bajadas y subidas. Por fortuna ya los tapó la brigada de bacheo urgente que dispuso el alcalde Antonio Villalobos Adán, lo cual aprecian cientos de automovilistas y pasajeros de “rutas”… El comentario lleva a dos más: Uno: abandonada durante décadas, la Finca Palmira es remodelada por la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu) de la 4-T. Ahí, donde supuesta o realmente Cárdenas firmó el decreto de la expropiación petrolera en 1938, habrá un centro cultural. Apreciado por varias generaciones de cuernavacenses, al solar de lo que fuera el rancho del divisionario de Jiquilpan éste le puso el nombre de Palmira en honor a su hija que falleció al nacer. En este lugar, el presidente Cárdenas tomó la decisión de expulsar del país a su antecesor, el ex presidente Plutarco Elías Calles, dando fin al periodo conocido como el maximato, así como cerrar los casinos –incluido el Hotel Casino de la Selva– y finalmente regaló la propiedad para la escuela rural que sería conocida como Internado Palmira... Y dos: Si no caes en uno, te precipitas en otro. Son tantos, que los automovilistas no los podemos evitar. “Cuernabaches” o la ciudad en donde se conduce zigzagueando, “democráticos” los hoyancos pues agarran parejo lo mismo a vehículos de lujo que automóviles modestos o carcachas. Los padecemos todo el año pero aumentan con los primeros aguaceros. Los más profundos quiebran suspensiones, truenan amortiguadores, rompen rines y llantas. Sin embargo, los estropicios no son pagados por el responsable, o sea el gobierno, sino absorbidos por los dueños de los vehículos estropeados. Que vale decir hacen doble coraje, por el daño y el desembolso de sumas a veces altas que en estricta justicia deberían correr a cuenta de la municipalidad. Así ha sido siempre en Cuernavaca y lo era en la Ciudad de México hasta noviembre de 2016. Por lo menos eso se supone, pues entonces el gobierno capitalino contrató un seguro que se dijo funcionaría más o menos así: el automovilista cae en un bache o una alcantarilla abierta. ¡Pack! Se “orilla a la orilla”, telefonea a la compañía de seguros, llega el ajustador, comprueba el daño, toma fotografías, le pide al conductor la licencia y la tarjeta de circulación, llena un formulario y a los diez días la aseguradora (no el gobierno) paga el daño. No de esta manera en Cuernavaca. Sucedió años más atrás y en el trienio anterior, el Ayuntamiento recaudó una millonada por el predial, servicios y alumbrado público, pero el alumbrado artificial se volvió casi inexistente, y deficiente el bacheo. La municipalidad pretextó que recibió un ayuntamiento en crisis económica, pero en esos días la población reclamó: “¡a mí qué chingados me importa eso!”. (Me leen después).

Por: José Manuel Pérez Durán jmperezduran@hotmail.com 


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