Cuernavaca, Morelos.- La música y las letras, además de mi madre, Irma Barreda Aguilar, fueron las grandes pasiones de mi padre, Raúl Moncada Galán. Nació en la Ciudad de México en 1927. Antes de ingresar a la carrera de Letras en la UNAM, quería ser cantante, tanto que intentó hacer carrera en la Escuela Nacional de Música, pero se dio cuenta que ese no era su camino. De ahí en adelante se dedicó en cuerpo y alma a las letras”, confiesa el abogado Eduardo Moncada Barreda, hijo del dramaturgo Raúl Moncada, ayer sábado, ante los restos de su padre. 
“Fue dramaturgo, novelista, periodista y cuentista, aunque en paralelo siempre amó la música. De hecho, mi hermana Adriana es pianista y mi hermano Raúl Eduardo clavecinista, los dos extraordinarios”.
Agradezco a la familia que en pleno velorio de don Raúl Moncada, hayan hecho un espacio a Diario de Morelos para esta entrevista. A momentos, se le hacía a su hijo un nudo en la garganta al recordar a su padre, que en la sala contigua era acompañado por amigos escritores, cronistas y poetas como Fernando Díez de Urdanivia, Frida Varinia, Carlos Kastro, Valentín López González, entre muchos otros. 
“Mi padre, desde niño, recortaba figuritas de un periódico e inventaba historias con ellas. Esa pasión, que inició a temprana edad, le dio a lo largo de su vida el ser el autor de 35 obras de teatro, 12 novelas y dos libros de cuentos. Ya mayor fue periodista varios años del periódico El Día, que dirigía don Enrique Ramírez y Ramírez. Su primera obra de teatro que se representó en la Ciudad de México fue ‘El Sitio de Tenochtitlan’, con la que Salvador Novo le dijo que se había ganado un sitio en el teatro mexicano.
“Otra obra que se llegó a representar en México y en Estados Unidos fue ‘La Edad Verde’, así como ‘El Círculo Mágico’, ambas muy exitosas en su momento por lo que le dieron gran satisfacción. Una de sus famosas novelas fue ‘Las Memorias de Maurice Delezé Spruch, ayudante de cámara de Maximiliano’, obra que en el Concurso de Editorial Planeta Moritz, quedó finalista”, y que le valió además la amistad del escritor José N. Iturriaga. 
“Otra obra a la que le tuvo mi padre mucho cariño y fe, fue la novela ‘Las siete lunas de la Reina Roja’; incursionó en el mundo prehispánico con la novela ‘El colibrí zurdo’ y ‘Cuentos de Tepoztlán’. De hecho, como nunca dejó de escribir, su última novela que recién publicó es ‘Hacia los Arrecifes’, que trata sobre las lacras de una sociedad en crisis. 
“Mi padre fue muy crítico y al no poderlo expresar públicamente lo hacía a través de sus obras. Fue un observador de la naturaleza humana, de los conflictos, que describía muy bien. Se burlaba por ejemplo de los festejos de XV Años en los que incluso las familias gastan hasta lo que no tienen por tal de celebrarlos. Mostró en sus libros, una realidad de la sociedad mexicana muy cruda.
“En Cuernavaca vivió 55 años en la misma casa, un departamento precioso muy al estilo Cuernavaca, con un equeño jardín a la entrada, como los antiguos que aún sobreviven en el Centro Histórico de nuestra ciudad, éste, en la calle de Rayón. 
“Llevaba ya varios meses decaído o en cama, pero siempre con un papel para escribir cerca de él, y aunque no se hizo rico con las letras, fueron mi pasión. Hasta su muerte, mi padre escribió u organizó todo como director de teatro, daba indicaciones y reiteraba que si cien veces volvía a nacer, cien veces sería escritor. 
“Ahora, debo, debemos mis hermanos y yo reconocer que si mi padre llegó casi a los 80 años, fue por el gran amor que le tuvo a mi madre y viceversa. Ella le imprimía energía, vida, inspiración. Todo. Sin ella…”. Aquí, la voz se le quiebra a su hijo y con ello, termina la entrevista. 

LYA GUTIÉRREZ QUINTANILLA
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