Se dice que el poder revela la verdadera personalidad de la gente. Así que cuando el hijo del vecino agarra hueso y se convierte en monstruo, en realidad era algo que estaba dentro de él pero no había podido expresar plenamente. 
Por eso la ciencia política insiste en que las normas y los diseños institucionales deben crearse no pensando en la bondad del ser humano sino justamente en sus demonios. Desde hace varias décadas esa es la propuesta de los estudiosos: Diseñar métodos para que a través del castigo y del premio se logre dominar la naturaleza egoísta de las personas y con ello disminuyan las posibilidades de abuso que el poder multiplica exponencialmente. 
Sin embargo, no todas las personas se comportan de la misma manera al llegar al poder. Por supuesto, en México la mayoría sí lo hace y ocupa su tiempo para hacer negocios e incrementar o al menos conservar su poder político sin respetar límites, principios y menos la legalidad. 
No obstante, hay otro grupo, muy pequeño pero existente de personas que, a pesar de tener la mesa puesta para hacerse millonarios, prefieren no entrarle. Me viene a la mente el caso más famoso del diputado independiente de Jalisco, Pedro Kumamoto, pero también está el senador por Sonora, Francisco Burqúez, quien ha demostrado ser un personaje ejemplar. Estoy segura que hay otros. 

Además existe otro grupo de personajes que no encuadra dentro de las definiciones anteriores, son los bultos. Estos personajes al llegar al poder, en vez de explotar la proyección pública que les otorga su puesto y liderar causas y transformaciones sociales se hacen diminutos y prefieren esconderse. 

Estos cuates muchas veces llegan a los puestos por una mezcla de suerte, lealtad política a un personaje poderoso y justamente su capacidad para no hacer ruido. Sin embargo, una vez en el puesto no cambian su actitud y prefieren seguir pasando desapercibidos. 
En el Congreso de Morelos hay varios de esos. Por ejemplo, ¿alguna vez ha escuchado algo sobre los diputados Rodolfo Domínguez Alarcón, Javier Montes Rosales, Ricardo Calvo Huerta o Manuel Nava Amores? Muy probablemente no. Ellos son un ejemplo claro de lo que describo. 
En las sesiones se hacen chiquitos, se esconden en su curul y muy rara vez pasan a tribuna. Además esquivan todo problema y en general prefieren seguir las órdenes que les den sus coordinadores. Por supuesto, no lideran ninguna causa ni emprenden ninguna transformación social. 
Entonces, ¿qué es lo que hace que las personas se comporten de manera distinta con el poder? ¿Qué tipo de personalidades y características psicológicas serían las más óptimas para estas posiciones? Es decir, tiene 
Estudiar la personalidad de los buenos políticos puede ayudar a saber qué tipo de personas deberían ser los representantes de la sociedad. Incluso a los propios partidos les ahorrarían algunas penas tremendas. Ciertamente, la personalidad adecuada para ser buen político no es la misma que para ser un político corrupto o bulto, pero al menos serviría para empezar a entender cómo hay gente que logra comportase mejor que otra y distinguirlos del montón. 
 

Por Vera Sisniega

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