Las placas de los coches los delatan: son turistas semanasanteros, llegados mayoritariamente de la Ciudad de México. También sus indumentarias: bermudas, playeras, chanclas y gorras para hacer más soportable el calor que por estos días es de 32 grados. ¡Puf! Se les ve en restaurantes, en zonas de casas finsemaneras, hoteles, súpers y en las “tiendas de conveniencia”, llamadas así no porque convengan sus precios sino por prácticas. Caminan las calles del centro, en grupos, parejas o familias. ¡Bienvenidos! Cuanto gasten le hace falta a Cuernavaca, remotos los tiempos cuando visitantes no sólo teníamos en estos días de guardar que en realidad casi nadie guarda ya, también el resto del año. Sin embargo, no todo es delicia. Cuenta un setentón de aquí mismo, no turista: Mediodía del miércoles. Regresa de los cajeros de Bancomer, camina por el Jardín Juárez, una mujer le choca de lado y casi cae, pero gira la cabeza y alcanza a ver que le pasa su cartera a otra femenina. Rápido de reflejos, le suelta un puñetazo en la mano izquierda. Suelta la cartera, la recoge y un joven le dice que se le cayeron las llaves del coche. Desanda un par de metros y las recupera. Voltea nuevamente hacia las ladronas y ve que se separan, que una se dirige a Rayón y la otra a Matamoros. Busca con la mirada a un policía. Ni sus luces, así que corre hasta enfrente del café La Universal en donde está uno. Le proporciona las señas de las carteristas (“como de treinta y tantos años, ni ricas ni pobres según sus apariencias”), y le informa los rumbos que tomaron para que se apure y las busque. Pero el “señor autoridad” le contesta que no puede hacerlo, que no debe moverse del sitio donde está. ¡&#*+!.. En la banqueta de La Universal hacen fila unos cuarenta turistas, hombres y mujeres, de edad madura los más, jóvenes los menos y pocos niños. Sudan a chorros; algunos traen sombreros o gorras. Pegados al barandal, estorban a la gente que camina en la banqueta estrecha. Esperan el momento para abordar el “Cuernabús” de dos pisos y sin techo el de arriba. Es gratis en Semana Santa, pero después costará; nuevecito, grandote y tan alto que los pasajeros de arriba deberán ponerse las pilas para que no los lastimen las ramas de los árboles y los cables de la luz. De todos modos, el recorrido por la ciudad vale la pena. Sol a plomo y vegetación a raudales, algo que no disfrutan los turistas en sus lugres de origen. También un tráfico endiabladamente complicado, insufrible en los lugares donde hay obras en construcción. Después de dos meses de afectaciones al tránsito vehicular, en la avenida Palmira terminaron el nuevo puente; pero apenas pasando en dirección al centro las máquinas y el material de construcción invaden un carril y en el otro se embotellan los carros, camionetas, rutas, taxis y camiones de carga. Lo mismo sucede arribita, de Himno Nacional Humboldt al cruce con Rufino Tamayo. A veces hay trabajadores de la obra que “banderean” dosificando el paso en ambos sentidos, pero casi siempre los motociclistas y agentes pie a tierra de la Policía Vial brillan por su ausencia. Entonces los automovilistas particulares y los choferes del transporte público echamos pestes. Le reprochamos al gobierno que pagamos impuestos pero no le merecemos respeto. E incluso sospechamos: ¿será que los policías de tránsito andan muy ocupados levantando infracciones a los turistas, asestando mordidas porque sus jefes les exigen “mochada”, a los que no obedezcan los bajan de las motocicletas y las patrullas, y a los de “a pata” los mandan a cruceros “improductivos”? Si algún oficial lo sabe, que lo diga. Pero que nadie le pregunte al alcalde Cuauhtémoc Blanco; se la sacará diciendo que la Policía Municipal no es suya, que meses atrás se la quitó el comisionado de seguridad estatal, Alberto Capella. De la manera que sea, al final es la población quien paga los platos rotos. Por otras causas o por la política que no descansa ni en Semana Santa. Corrida o auto renunciada “por motivos personales” como secretaria del Trabajo, Gabriela Gómez Orihuela será sustituida por el diputado aliancista Francisco Santillán Arredondo que, si de legislaciones laborales conoce, el atrilero es científico nuclear. O Jorge Messeguer Guillén, el impulsor del Cuernabús y el Morebús, quien si vive sus últimos días en la chamba de secretario de Movilidad y Transporte será porque no aguantó el “fuego amigo” y por eso manda este mensaje: “el gobernador (Graco Ramírez) sabe que cuenta conmigo y que estoy dispuesto para lo que haga falta y en donde sea”. ¿What?.. ME LEEN EL DOMINGO. 

Por: José Manuel Pérez Durán / [email protected]

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