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El Zócalo pertenece a todos, a lugareños y turistas; es de las familias que ahí se ganan la vida: boleros, trovadores, mariachis, comerciantes informales y formales, dueños de comercios, trabajadores e inquilinos de los edificios circundantes, propietarios y empleados de cafés, restaurantes y tiendas. Miles. Patrimonio social, cultural e histórico de Cuernavaca, de nativos y residentes nuevos y recientes, pero también propiedad de quienes llegamos hace décadas para quedarnos aquí. Al ser el corazón de la ciudad eco de voces actuales y viejas así como tribuna de protestas, suele servir de escaparate a políticos que a veces se lo apropian aunque desconocen el alma del epicentro de nuestra ciudad. No vivieron los tiempos de las vueltas en coche al Jardín de los Héroes, en las postrimerías de los setenta; estaban ausentes o ni siquiera habían nacido cuando las noches sesenteras de los martes de “La Hora del Pueblo”, del periodista Pepe Gutiérrez, y el carnaval de la misma época, atestada por gente entusiasta el entonces Jardín de Los Héroes en la explanada tantas veces remodelada. Tampoco les tocaron las costumbres del café, la cerveza o los tragos en La Universal, concurrida por cuernavacenses aún memorables, épicas las peleas a puñetazo limpio con los desenlaces del perdedor y el ganador dándose la mano, no como hoy que cualquier rufiancete puede traer un cuerno de chivo y jalar el gatillo por quítame estas pajas; pedidas hace tantos años a los trovadores la última contra ellas en los preámbulos de las serenatas de madrugada que costaban cien pesos por las cinco canciones de rigor y “el pilón”. Cuando éramos menos, lamentaría el periodista y poeta Renato Leduc evocando el México de los cincuenta y las provincias que como en Cuernavaca nos contábamos muchos menos antes de la llegada de la “modernidad”, los celulares, las computadoras, y en el Jardín Juárez el desorden de comerciantes ya no ambulantes ni semifijos sino permanentes, anclados los puestos de fritangas, tolerada la anarquía grosera por la autoridad y prohijado por un sindicalismo con el membrete de “nuevo” sólo medio controlado con la inauguración de las obras de remodelación en la Plaza de Armas para “el grito” del 15 de septiembre del año pasado, que según la secretaria estatal de Obras Públicas, Patricia Izquierdo, costó cuarenta y nueve millones de pesos. El hecho de que luego ampliaron banquetas, desaparecieran un carril y adelgazaron otro para un Zócalo hoy día semi peatonal en la prolongación de la calle Guerrero meses atrás cerrada al tránsito vehicular, no terminó del todo con el comercio ambulante; nomás lo palió. Dicen los dueños de puestos: porque tenemos “nuestros lugares”, omitiendo la obviedad de no todos son propietarios, que hay patrones y empleados y así ha sido por años. Empleados de “changarros” a los que les pagan comisión, no salario, históricamente soslayados por las autoridades del trabajo. Y lamentos reiterados por parte de las cámaras de Comercio en Pequeño y la de Comercio, Servicios y Turismo, lloriqueando porque aseguran que los comerciantes informales del centro histórico les causan ventas bajas. Algo, disculpando el lector la expresión, que saben hasta los perros zocaleros, de una plañidera que en cierta ocasión amenazó con enviar un oficio al Congreso Estatal para que exhortara al alcalde de Cuernavaca a que atendiera el reclamo de más de 800 comerciantes afiliados, y de algún “soplón” que sugirió al gobierno citadino que aplicara un programa de regularización “de los negocios que están fuera de la legalidad”. Pero nada de esto sucedió, comprensible el enojo de los dueños de negocios formales en el centro de la capital si no fuera porque el desalojo total de comerciantes ambulantes en la Plaza de Armas, el Jardín Juárez, Guerrero, Degollado y No Reelección debería ser acompañado de la reubicación. ¿Pero dónde? Sólo que echándole dos pisos más a la Plaza Lido, antigua y hasta ahora incristalizable la idea del financiamiento de Banobras para acomodar a la informalidad zocalera. Y de pasadita, aprovechar para otro ¿negocio de funcionarios? Como el de los puestos metálicos que sustituyeron a los locales de mampostería que databan de fines de los ochenta o principios de los noventa, los nuevos puestos de aluminio, con o sin “refris” y vendidos, juran los compradores a ello obligados, a precios exorbitantes en los jaloneos de la reubicación de septiembre de 2016 que operó Jorge Meade González, entonces subsecretario de Asesoría y Atención Social del Gobierno del Estado y en la actualidad coordinador de asesores del alcalde Cuauhtémoc Blanco… ME LEEN MAÑANA.
 

Por José Manuel Pérez Durán

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