compartir en:

Tiempos pasados, cuando los techos de esta villa y después ciudad de Cuernavaca eran tejados, techumbres que se apareaban con floridas y purpureas buganvilias dando frescura a las casas de largos corredores sostenidos con columnas y arcadas; más altas las cúpulas y campanarios, todo proveía una calidez apacible. Vemos añoradas imágenes que lo confirman, donde se aprecian tejados de diversos tamaños y orientaciones acomodados en los desniveles que forman las principales lomas de Cuernavaca, una donde está la Catedral, y otra enfrente, la del Palacio de Cortés; y por dentro de las casas y casonas, en lo alto de las habitaciones ocultando las tejas había frescos plafones de manta de cielo pintados con cal de blanco o azul tenue dando la apariencia de aplanados; en otras se tapaban las tejas con rusticas tablas de tejamanil que sobre vigas sostenían la techumbre; las señoriales tenían entrepisos de madera llamados terrados que también servían de buhardilla para cosas de poco uso y en la Revolución para escondites de mujeres para no ser violadas, o de hacendados y para esconder armas, cartuchos, metrallas, terrados que todavía podemos ver en algunas antiguas casas.
Pero la modernidad ha desplazado esas románticas techumbres parte de una época apacible que vivió la ciudad hasta el pasado siglo; cuando surgen inmutables y calurosos techos de concreto, azoteas de casas y vecindades que se fueron convirtiendo en depósitos de cosas inservibles.
En que azotea de barrio no se albergan todavía cachivaches, son el depósito de la añoranza, son los recintos aéreos donde las personas envían las cosas que ya no les sirven camino entre el uso y el desuso, mientras, allí se hacen más viejos, objetos donde los niños ejercen el mando que les es negado dentro de casa, donde nada les está vedado, donde pueden construir y destruir con libertad. Es el espacio de objetos que no se quieren tirar, evidencias del pasado que hoy son solo; cosas.
La azotea es también burdel de gatos donde pululan gatas que maúllan lastimeramente engañando al macho como si fuera su primera vez; es escondite de niños, lugar de reunión de adolescentes, tendedero donde hallan un respiro las abrumadoras pantaletas de gordas señoras y donde toman el sol breves calzoncitos de hilo dental con encajes, calados y bordados, para deleite de los morbosos del barrio.   
Son las azoteas aquellos mundos paralelos, que permiten a los niños ser libres, alejados de prejuicios, donde le devuelven el sentido a la silla de tres patas, al zapato sin pareja, a la muñeca ultrajada, a la vieja televisión; son el laboratorio de experimentos, la trinchera del niño regañado o de cuando se declara la guerra entre hermanos, son el barco, y el avión.  
Por las tardes, la azotea ofrece la promesa de un viaje a un mundo libre, solo es cuestión de subir, todo lo que muere, ahí se revive, hasta el viejo sillón del abuelo.
Y se convirtieron en el escenario del primer tímido beso; y le siguió el apasionado beso francés, para descubrir que las dos manos fueron hechas para dos senos, y pronto lo demás, porque fueron las azoteas el lugar secreto del descubrimiento voluptuoso de los cuerpos, y del sexo. El lugar del cuarto de la muchacha del aseo, razón del coloquialismo de gata, es el lugar de las antenas y tinacos, baldes, fierros y charcos. Todas esas azoteas hicieron niños luego adolescentes felices y libres, hasta que se tiraron las casas con todo y ellas, o dejaron de ser hogares… y se convirtieron en comercios.
Siempre había a quien se le consideraba el rey de las azoteas, era aquel que dominaba el mundo de las alturas corriendo sobre bardas, brincando sobre abismos de un techo a otro como un felino sigiloso sin ser escuchado, era quien se apoderaba de las azoteas vecinas sirviendo de guía a los demás para la práctica del voyeurismo nocturno y hasta diurno atisbando por ventanas y tragaluces.
Ahora, en ellas hay anuncios luminosos y espectaculares, equipos de aire acondicionado, calentadores y generadores solares de energía, y todo aquello que estorba en el espacio inferior, son lugar de grandes antenas de telefonía que descuellan a casas y edificios, como en calle Hidalgo la más antigua de Cuernavaca, donde lo mismo se ven tinacos negros de color y gusto, lugar, ya no de cacharros y muebles viejos sino de contaminación visual.
Pero en la periferia surgen otra vez esas azoteas, ahora coronadas de varillas cubiertas con botellas para otro piso que parece nunca va a llegar, donde los objetos son rescatados del olvido por niños para crear su propio universo.
Hay que recuperar esas azoteas, son llamadas la quinta fachada, limpiarlas de cosas inservibles, transformarlas en espacios verdes y útiles sembrando en macetones legumbres y hortalizas para torear la crisis o convirtiéndolas en terrazas para el asador y lugares de esparcimiento, que aparte, den frescura al piso de abajo; pero se requiere promoverlas, elaborar un programa municipal de huertos urbanos que aporte ideas, apoyos, donde la familia ocupe sus ratos libres, generando con ello un valor agregado a la estructura que las sostiene, a las personas que la habitan, a la ciudad y su medio ambiente.
P.D. Hasta el otro sábado.

Por: Carlos Lavín Figueroa /  [email protected]