Esta es una narración del amigo y cuernavacense Jorge Wulfrad que merece ser recordada:
Es la hora de salida de clases, todos los alumnos felices al escuchar el timbre de la escuela que anuncia el momento de ir a casa. Hay grupos de compañeros que se reúnen para regresar juntos al barrio o colonia en que viven, otros hacen bromas todavía entre ellos, buscando la forma de cobrar la cuenta de lo que sufrieron dentro de la escuela. No faltan los grupos de mujeres que están en espera de que sus familiares les recojan para llevarles de regreso a su hogar.
Nuestro conjunto de amigos sabemos que es viernes y que tenemos la oportunidad de reunirnos por la tarde, estamos decidiendo qué será lo mejor para este día, acordando que en virtud de que todos habíamos ahorrado cantidad suficiente de los domingos y de lo que recibimos por parte de nuestros padres para comprar algo durante el recreo; o bien del premio de su ingreso merecido de algunos que trabajaban en sus tiempos libres. Tomamos la decisión de ir al cine y estar felices porque es una gratificante forma de gastarlo y entretenernos sanamente. Así que mejor apuremos llegar a comer a casa y acicalarnos para estar listos a las 3.30 de la tarde en el famoso Kiosco del centro de nuestra ciudad, nuestro lugar frecuente de reunión.

Estando puntualmente todos juntos los interesados a esta experiencia en el Jardín Morelos, analizamos bien la cartelera y esta vez decidimos ver por curiosidad sexual y morbo la película intitulada “El Graduado” con Anne Bancroft, Dusting Hoffman y Katherine Ross. Filme llamativo para nosotros, propia de nuestra edad por inquietud sexual y que en casa hasta era prohibido hablar de ella, porque “era una película pornográfica e indecente para cualquier familia educada”. Esta se proyectaba de forma especial en todas sus funciones y a la vez en dos cines: El Cine Morelos y el Cine Teatro Ocampo. Tomamos la opción de acudir mejor al segundo, porque teníamos a una persona que nos haría la labor de dejárnosla ver sin ser rechazados en la puerta, por ser una película de clasificación “D” (Exclusiva para mayores de 21 años); ya que en aquel entonces éramos solo unos púberes. Nuestro “gran amigo y cómplice” era nada más y nada menos que el Sr. Alberto Huerta Sánchez, por cierto apodado como “el Pillo” quien desempeñaba el puesto de inspector y boletero el cual siempre estaba parado en la puerta de entrada al vestíbulo del cine.

Haciendo a un lado todo esto no era menos importante decir que, teníamos que ingeniar el cómo comprar los boletos a la señora de la Taquilla llamada María de Jesús Acosta Reynoso, persona que siempre se destacó por su forma de estar perfectamente bien aliñada, vestida siempre con una falda negra con el largo hasta la pantorrilla y que su camisa estaba correctamente planchada, de color blanco y de seda con encajes que la hacía lucir. Ella desarrollaba su labor con gran rapidez, gracias a la agilidad que tenía en operar un boletero automático con cubierta de metal pulido con dos rectángulos chicos abastecedores de boletos del que salían los mismos de cartoncillo con diferentes colores que identificaban con ello y en su impresión, el día que se podían usar estos.
En ese entonces usualmente permitían que se proyectaran 3 películas al día, con permanencia voluntaria y el costo por boleto era de $5.00 pesos. Pero reitero esta vez no, por ser una película con gran demanda.
Las ideas a cada instante no faltaban. La mejor opción ocurrió en mi persona y de inmediato fuimos a realizarla un compañero y yo, mientras los otros para evitar estar expuestos mucho tiempo en el interior del cine, se dirigieron al costado derecho del mismo y buscaron una pequeña pero excelentemente bien surtida dulcería de Doña Rosita en la cual se hizo el abasto suficiente para saciar nuestra gula.
La propuesta fue buscar inmediatamente a Moisés Mendoza revendedor de boletos de todo tipo y de cualquier evento; también muy conocido por la mayoría de la sociedad cuernavacense, por el giro de su actividad, además de su gran participación en los carnavales de la ciudad en el que hacía el papel del Rey Feo; persona quién no falló y que de inmediato nos solucionó ese pequeño problema que teníamos para gozar de nuestro proyecto, pagando un “extra” por sus servicios.
Continuará

P.D. Hasta el otro sábado

Por: Carlos Lavín Figueroa /  [email protected]

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