compartir en:

Por lo que se sabe, las primeras casas de mala nota en Cuernavaca se remontan a la época colonial y hasta después de la Independencia, estas se ubicaban en lo que hasta hoy -por esa razón- se conoce como calle “de las Casas” y no es por el cronista fray Bartolomé, aunque posteriormente quizá por ignorancia –lo que no es remoto- se pudo oficializar con el nombre del fraile. Lo mismo sucedió con la calle “de Guerrero”, que no avenida –esa es otra - que se le puso ese nombre también de origen popular cuando los comerciantes del vecino estado venían a vender en ella sus productos alimenticios, y que también pudo oficializarse erróneamente con el nombre del héroe independentista. Antiguamente las calles tomaban sus nombres por alguna cosa o actividad que en ellas destacaba, como Las Lavanderas, de la Carnicería, del Molino, del Curato, lo que sustenta el origen del discreto mote de “las Casas”.
Con el tiempo esas casas se establecieron en la Avenida Álvaro Obregón, según me cuentan quienes les tocó vivir en aquellos años y se conocían como; El Ranchito; El 33; El 70, llamadas así por el número de la casa donde se establecieron, seguía la cantina la Cordobesa, todas por el rumbo del Puente 2000. Cosa junta pero aparte eran las meretrices que en plena calle se sentaban en unas sillitas afuera de sus cuartos, esto a la vuelta de la esquina en calle Victoria bajando rumbo al Panteón de la Leona, en ese entonces “el brinco” era de a cinco pesos.

De ahí estos negocios, se pasaron a la Avenida Atlacomulco y calle Querétaro que hacen esquina, conocida como zona roja, que conocí andando de pinta con los amigos de secundaria; vamos a las sillitas a echar caldo, decían de manera coloquial, porque las muchachas, siempre de minifalda -de las que sin duda fueron precursoras- se exhibían con grandes escotes y piernas cruzadas, y se decía dando caldo, porque solo ver era una prueba sin llegar a la carnalidad. Ahí se pasaron con sus mismos nombres; El 33; El 70; el Ranchito, y ahí surge el famoso centro nocturno El Bohemio con música en vivo, era del cubano Duarte, donde entre escandalosos danzones mezclados con carcajadas, gritos, espeso humo de cigarros y luces de neón que hacían brillar dentadura y ojos, se escuchaban canciones de la Sonora Santanera; Fue en un cabaré donde te encontré, bailando / vendiendo tu amor al mejor postor soñando… Vuelve al cabaret / no me importa ya tu suerte / ya no quiero más volverte a encontrar ni verte. Otra de rutina era; Perdiiida, te ha llamado la gente / sin saber que has sufrido con desesperación. Vencida, quedaste tú en la vida / por no tener cariño, que te diera ilusión. Perdida / porque al fango rodaste / después que destrozaron, tu virtud y tu honor / no importa que te llamen perdida…

En lo personal yo no era de los de la idea de pagar por los servicios de las muchachas, ellas cobraban hasta por bailar eso sí, de cartoncito de cerveza con raspada incluida y correspondida, o eran invitadas a consumir bebidas por los parroquianos, tragos que les cobraban al triple, solo por el placer de estar acompañados en una especie de acto teatral donde se tornaban en verdaderos tenorios que contaban sus hazañas de conquistadores y que las chicas les daban de gorra sus lúbricos amoríos, de cachucha se decía de forma discreta y coloquial. Por cada pieza bailada y por cada copa que consumían que casi nunca contenía alcohol, la casa les daba una ficha de distintos colores –de ahí lo de ficheras- que después se las cambiaban por efectivo. Los cercanos hoteles de pisa y corre, o de pago por evento, eran el complemento de estas actividades,      
La calle era una romería, ahí se encontraban tintanescos padrotes o cinturitas, personajes que controlaban y protegían a sus mujeres exigiéndoles por ello una especie de comisión hasta vivir de ellas y con ellas. Buscando clientes deambulaba el de los toques eléctricos “para bajar la cruda y estar al tiro”. El de la canasta de mimbre ofrecía tiesa carne de burro con búfalo que se decía era afrodisiaca; no dejaba de rondar la julia, así llamada una camioneta de cabina cerrada para llevarse a rijosos y escandalosos a la comandancia. Ahí estaban las casas de citas -como La Huerta- llamadas así en alusión a las de la época porfirista, donde en discretas mansiones se citaban los apasionados amantes, y es así como ese nombre pasó a estos modernos negocios que haya por mediados de siglo se hacían notar con un tenue foco rojo en la puerta, pero ya con chicas incluidas.    
La zona roja fue alejada de la población, el gobierno la reubicó en la carretera a Cuautla, antes del cañón, donde fue cerrada en definitiva, y fue entonces cuando aumentaron las solteras embarazadas.
Como quiera que sea, es el oficio más antiguo, de ahí se originan los demás, todos para satisfacer las necesidades humanas obteniendo una remuneración que por lo general se relaciona con trabajos manuales y físicos, donde la persona tiene habilidades específicas para realizar una tarea. En nuestro tema había trabajadoras con diversas habilidades que por ello eran reconocidas y recomendadas; que fulana la del 13 tiene perrito -se decía en referencia a la forma de alimentarse de los cachorros recién nacidos; otras se distinguían en el arte del fingimiento para que el cliente apurara, lo que convenía a intereses de producción en serie mientras se pintaban o leían un pasquín.

P.D. Hasta el otro sábado

Por: Carlos Lavín Figueroa  /   [email protected]