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En el Boletín Eclesiástico de 1743 se mencionan los frutos que produce esta cabecera de Cuernavaca, aunque no abundantes, eran, limas dulces, agrias y agridulces, naranjas, toronjas, sidras, limones reales y ordinarios, mameyes, plátanos, aguacates, zapotes blancos, prietos y chicozapotes, camote, guacamote, abundantes guayabas, además de diversas flores; productos que eran para venta y consumo de trescientas catorce familias españolas, mestizas y mulatas, seiscientas veintiún familias tributarias indígenas además de esclavos. Para entonces, los cañaverales, el azúcar, el algodón y sus derivados, madera, carbón, papel amate, amaranto, chía, maíz, frijol, eran los productos agrícolas e industriales más importantes.
Desde tiempos prehispánicos, el mercado de Cuernavaca se había ya convertido en un centro comercial de importancia, estaba localizado en la explanada de la actual Plaza de Armas, era el tianguis donde se comercializaban muy diversos productos, incluso de toda Mesoamérica, era también la plaza cívica para socializar y de diversión, donde se veían fabulosos espectáculos entre los que destacaban malabaristas y contorsionistas que incluso algunos fueron llevados a España por el conquistador para presentarlos ante el rey. Por las tardes y en los días de descanso era el lugar de reunión. Hasta 1872 en ese mismo lugar se construyó un mercado al estilo hispano, era un espacio cerrado por los cuatro lados con entradas en sus esquinas, construcciones alrededor que servían para el comercio establecido, tenía un patio en medio con una fuente al centro, era el sitio donde se localizaba al comercio informal, donde los productores y marchantes vendían sus mercancías. El exterior quedaba rodeado de portales, ahí estaban el Hotel Morelos donde ahora está el Palacio de Gobierno, la Casa de Huéspedes España entre la hoy Universal y el edificio Las Plazas y enfrente la terminal de diligencias, luego de autobuses; del lado sur de la Plaza estaba el telégrafo, el correo. En las afueras del mercado, se vendían también productos del campo, y de cerámica de San Antón; los días de mercado eran los lunes y jueves aunque había ventas toda la semana. En 1892, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento, se le pone el nombre de Mercado Cristóbal Colón que se extendió fuera de ese espacio con cierta anarquía. Ahí estaba el Bazar de don Luis Pino, la botica de don José María Escalante, los cajones de ropa “El Progreso” de los hermanos Bellón, “Ambos Mundos” de don Camilo Martínez, el de don Miguel Romero; la mercería de don Tiburcio Adán, las peleterías de Miguel P. Gómez, la de Jerónimo Lara, la sastrería de Albino Báez. Había siete tiendas de abarrotes, “La Palestra” de don Ramón Estrada. Estaban también la de Antonio Inchaurregui, la de Ignacio Navarro, la de Ramón Portillo y Gómez, la de José María Rodríguez, y la más conocida era “La Luz del Día” frente al Hotel Morelos de don Lino Ríos y Bustamente. Además La Cerería de don Fermín Güemes quien en esos tiempos costeó la construcción del cuerpo más alto del campanario de la catedral cuando se tuvo que demoler por haber quedado muy dañado por dos temblores.

Para finales del siglo XIX, comerciantes informales del vecino estado de Guerrero principalmente de Buena Vista de Cuellar e Iguala y alrededores, ya venían a Cuernavaca a vender sus productos, como lácteos y animales vivos, a lo largo de las dos primeras cuadras de la calle Porfirio Díaz, por esa razón a esa calle popularmente se le llamó calle de Guerrero pero en alusión al estado vecino, calle que después sería oficializada con el nombre del héroe independentista, según nos contaba el maestro Agustín Guames Celis.    

En 1909, en la calle de Guerrero dónde desemboca la de Degollado -donde ahora está la bajada al Mercado López Mateos- se inició la construcción de un nuevo mercado llamado “Benito Juárez”, y a los comerciantes del Mercado Colón se les trasladó a ese lugar en 1910, dejando libre ese espacio donde surge el Jardín Morelos, después de Los Héroes, hoy Plaza de Armas.
Cuando el Mercado Juárez fue insuficiente, en el lote donde antes estuvo el Cuartel Matamoros, se instalaron comerciantes en pequeño, pero se procedió a evacuarlos colocándolos provisionalmente en la calle de No reelección y aledañas que quedaron invadidas por años con puestos fijos y semifijos.

Ese lote sería ocupado por los plateros, y en la década de los ’80 se desalojaron para construir ahí el Teatro de la Ciudad –hoy Congreso- y se les ubicó también de manera provisional en la Plaza Morelos al sur del Palacio de Cortés, sin que a más de 30 años se haya logrado reubicarlos.

Para mayo del ’64, se termina el nuevo Mercado López Mateos y a los comerciantes del Benito Juárez ahí se les reubica.
Se abren alternadamente los mercados de La Carolina, el de La Selva, el de Buena Vista y finalmente el de Alta Vista.
Es preciso redistribuir la riqueza, comprar al comerciante local, al del mercadito, al de la esquina, y sin regateo, porque con la necesidad y la ignorancia crece la delincuencia y se nos revierte.

P.D. Hasta el otro sábado

Por: Carlos Lavín Figueroa / [email protected]