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Historiar no es una actividad exclusiva de quien se dedica a ello como profesión académica, lo es también de quienes buscan o se encuentran con algún indicio que los lleva a investigar un hecho del pasado y cuentan con la capacidad para reinterpretar la historia, gran parte de los cronistas también somos historiadores ya que ambas actividades están estrechamente vinculadas. 
La academia de la historia es reciente pero el historiador existe desde que se inventó la escritura, porque todo lo escrito es historia, así tenemos que la academia, no hace al historiador.
A los que se sienten dueños de la metodología de la ciencia histórica y no admiten más que trabajos sobre materiales originales o fuentes primarias, les digo; no se vale mutilar la reinterpretación de nuestra historia. Por mucho que se haya escrito acerca de un tema siempre habrá el descubrimiento de nuevos matices y enfoques que le darán plusvalía al estudio de un objeto. No podemos ser altaneros intelectuales y pensar que un tema histórico está cerrado por mucho que se haya estudiado, y más, los que contienen mitos historiográficos que han sido encasillados como verdades. La sana desconfianza sobre una supuesta verdad es fuente del conocimiento y del desarrollo. Reconozco la valía del documento escrito como fuente de conocimiento histórico, pero también subrayo que todo lo escrito por mano humana es perfectible cuando se fundamenta, así es como surgen nuevas fuentes de la Historia.
 
Lo escrito en el pasado se tomaba como una realidad, casi como una panacea, y se pensaba que el presente tenía que adecuarse a ella para que concordara con ese dizque sólido punto de referencia. Ahora, esa relación debe cambiar en el sentido de que lo antes escrito no es un punto fijo del cual se debe partir para investigar. El pasado tiene vida propia, que nos lleva a nuevos descubrimientos. Hablo de leer el pasado como un texto que incluso nunca fue escrito. Nada del pasado debe perderse, que el cronista o historiador narre acontecimientos sin hacer distingos entre lo que conviene o no conviene, que dé cuenta de una verdad sin pasiones, pues para la historia nada de lo que una vez aconteció ha de darse por perdido.

La historia es un conjunto de ideas fragmentadas, de conocimientos perecederos que están sujetos a nuevas iluminaciones, a nuevos enfoques y visiones, en la historia no hay verdades absolutas, hay versiones, unas endebles y otras fortificadas que hacen a un lado a las primeras. Y no se trata de cambiar el pasado, ni el pasado ni la historia cambian, pero si dispone de una mirada más afilada se podrán descubrir aspectos nuevos.
No hay que dejar escapar la oportunidad de reinterpretar el pasado creyendo que el sentido de un acontecimiento se agota en la forma en que se ha estudiado y escrito, yo no me conformo con lo que está en libros empolvados al alcance de mi mano y columpiándome en mi hamaca. La historia debe ponerse en la balanza para que los secretos del pasado salgan a la luz. 
Quien opte por repetir lo mismo de siempre y caminar sobre la misma brecha es un comodino, pero si lo que queremos es profundizar en el conocimiento de la historia, entonces hay que abrir nuevos caminos, es decir, atender a lo despreciado por otros autores, fijarnos en el lado oculto de la realidad. Diría Nietzsche que: “Necesitamos historia, pero la necesitamos de una manera distinta a como la necesita el holgazán malcriado en su jardín del saber”. Con el pasado –objeto de la historia- podemos hacer dos cosas: construir o reconstruir. La reconstrucción es la restauración de lo que una vez fue; la construcción, es hacer con lo ignorado una obra nueva. No deseo caer en el error del historicismo que postula una imagen fija y dudosa del pasado concediendo primacía a algo reduciendo la realidad; prefiero la historicidad que postula la cualidad de la historia.
Un dato, un fragmento del pasado, un desecho ignorado por otros autores, puede saltar en cualquier momento y romper con la interpretación que le asigna la “lógica general” o el “sentido común” que es el menos común de los sentidos. La clave de una nueva universalidad consiste en poder ver el sentido de una vida analizando el sentido de una obra; y el de una época, analizando el de una vida; y el de la historia, analizando el de una época. Es la fuerza que tiene el pasado. Se trata de hacer vivo todo lo que está inerte en los textos y en las investigaciones de campo. Historiar no es remarcar lo ya evidente -eso es reproducir- solo porque ya la han tratado muchos autores sino sacar a flote lo que pasa desapercibido, pero que está ahí, ignorado, pero latente, en espera de una nueva visión que lo estudie. 
Descubrir lo que otros no visualizan, aporta poderosas revelaciones como para hacer que la imagen captada se haga visible con todos sus detalles, porque ninguna teoría científica puede darse como establecida de una forma concluyente. 
El fundamentalismo histórico es la interpretación radical y necia de lo ya escrito por no poder leer y entender lo no escrito, esto no permite descifrar el objeto mismo. Es obvio que el verde no es verde por sí solo porque se forma con amarillo y azul que no se ven pero ahí están. 
Debemos evitar las mentes cuadradas y los círculos viciosos. La verdad histórica no se decide democráticamente por lo que opine una mayoría. 
Quien sabe expone, pero sabe que se expone porque el ignorante niega y ríe.
P.D. Hasta el otro sábado

La tinta del cronista
Carlos Lavín Figueroa
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