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La educación era algo muy importante entre los aztecas y tlahuicas que tenían la misma religión y cultura; su objetivo, instruir a los niños y jóvenes en su personalidad dentro de su comunidad. 

Se les enseñaba un oficio, a respetar, amar lo que hacían y se les inculcaba el sentido de pertenencia a su sociedad que unía a la familia y a la comunidad -lo que tanto hace falta en la actualidad, el sentido de pertenencia en lo general se ha perdido porque no se inculca.

La educación estaba regida por los principios religiosos aztecas. A partir de los 3 años de edad, la madre enseñaba a las hijas las labores domésticas: asear la casa, preparar los alimentos, hilar las prendas de vestir de la familia, etcétera, y el padre a los hijos las tareas propias de su sexo y sus experiencias.

El mundo mexica se caracterizaba por el cuidado que ponían los gobernantes en el buen funcionamiento de su sistema educativo, la educación era la mejor forma de conocer el alma de un pueblo. 

Los hijos eran considerados dádiva de los dioses que darían continuidad al linaje, colaboraban en actividades productivas de la familia y respetaban a sus mayores y a sus deidades. Algún día se casarían, conformando un nuevo pilar en la comunidad.

En un principio, a los niños rebeldes se les amenazaba con una buena tunda si mostraban desobediencia; más grandes, los padres les aplicaban dolorosos punzamientos con púas de maguey, o los medio asfixiarlos con el humo de chiles quemados. 

Las mujeres adolescentes que mostraban actitudes mal vistas como el coqueteo y el gusto por el chisme, eran obligadas a barrer de noche fuera de la casa, lo que era considerado algo peor que recibir una paliza.

A los 15 años los varones eran rigurosamente enviados al Calmecac o al Telpochcalli, mientras que las jovencitas se instruían en casa, con sus madres, en labores ancestrales que las capacitarían para ser buenas, recatadas y serviciales esposas. 

Las escuelas admitían a los jóvenes de acuerdo con su estrato social: los hijos de los nobles acudían al Calmécac en el templo mayor -principal recinto ceremonial- mientras que los del pueblo, macehualtin, asistían a los Telpochcallis, ubicadas en cada barrio.

Existía la división social en dos clases fundamentales: los macehuales y los pipiltin, a las cuales pertenecían desde de nacimiento. 

Los macehuales eran la clase pobre, macehualli, significa “el que hace merecimientos o penitencia”, y sus miembros se dedicaban a la agricultura. La instrucción en las escuelas tepochcalli y la estancia, eran duras, sin las palabras dulces de sus padres; las órdenes eran muy estrictas y muy de madrugada comenzaban las actividades con un baño helado y una comida ligera. 

Los jóvenes debían realizar numerosos encargos como: el cultivo de las tierras y el cuidado de la escuela; recibían amplia cultura para explotar al máximo su intelecto; y tambien rudimentos de agricultura para explotar al máximo su resistencia al dolor; aprendían también el uso de armas como el átlatl -arco y la flecha- y el macuahuitl, macana de madera con filos de obsidiana 

Si los jóvenes demostraban habilidad y valor en las guerras, podrían ser ciudadanos distinguidos; premiados con honores y excluidos de labores agrícolas.

Los pipiltin, hijos de nobles, acudían al Calmecac; eran considerados descendientes de Quetzalcóatl, gozarian de privilegios, y de adultos, tendrían altos cargos políticos y religiosos que les eran exclusivos; en la institución educativa se les instruía en el arte, la religión y la guerra. Estudiaban los relatos históricos en los ámatl, o libros pintados, hoy conocidos como códices, que eran leídos en emotivos discursos por los viejos sacerdotes. 

Los estudiantes que tenían habilidad para la pintura, serían tlacuilos y se encargarían de registrar la historia en dichos libros utilizando la complicada escritura pictográfica. 

Los hijos de los sacerdotes seguirían los pasos de su padre, aprendían la mitología y el funcionamiento de las ceremonias religiosas. Debían dominar la literatura más elegante del náhuatl, conocer las grandes poesías y saber declamar con donaire y distinción. Aprendían además el difícil manejo de la administración pública y en el futuro serían maestros, jueces o, gobernadores, para lo cual deberían conocer los códigos legales que regulaban la vida en comunidad.

Si destacaban en la guerra, los macehuales ascendían y adquirían permiso para vestirse de algodón y beber pulque públicamente, quedaban libres de tributos y comer y bailar entre los principales, pero seguían siendo macehuales. Del mismo modo, los nobles que violaban alguna norma como el robo -aun mínimo- o el adulterio eran reducidos a macehuales y debían servir en obras comunales, lo que demeritaba su estatus al grado tal que en ocasiones los conducía al suicidio. 

P.D. Hasta el otro sábado.

La tinta del cronista
Carlos Lavín Figueroa
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