La tinta del cronista: La ciudad que se nos va

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Ayer en mi cumpleaños platicaba que más me gustaba mi ciudad cuando no había tanto balazo y colgado, con todo, entre más la conozco más la quiero, y me apena lo que le pasa. Hoy, coexiste la extorción con el secuestro ya no de un desconocido, sino del familiar, vecino, el amigo, no se delata por miedo, también a la policía, y aun pagado el rescate los liquidan. Me gustaba más mi ciudad cuando había paz, me gustaba más cuando los niños podían jugar en la calle, cuando los niños entraban y salían de una casa a otra, podían ir al cine caminando solos para encontrarse con sus amigos de escuela, la vida social estaba en el Centro Histórico, donde todos saludaban.
Cierto; había robos y delitos menores pero sin violencia, cacos de cosas de poca monta que con maña y cautela entraban a las casas y si eran sorprendidos huían, no eran ladrones que mataban a sus víctimas.  
Pero cuando fue que pasamos de la delincuencia común a la delincuencia organizada, sabemos que fue a partir de este siglo cuando aquí ya se puso feo. 
En la prehistoria, esto era un olimpo, el mismo edén, desde que los olmecas u olmecoides para no presumir de preciso -porque sobre este tema ni los especialistas se ponen de acuerdo- fueron los primeros pobladores del hoy estado de Morelos miles de años antes de la conquista. Dice el mito que esta región entonces se llamó Tamoanchan, que fue el paraíso, donde se dio el origen del hombre, del pulque la bebida sagrada, de la agricultura, aquí vivió Xochiquétzal  diosa del amor y de la sexualidad, aquí, se convivía entre dioses hasta que cometieron faltas de humanos y fueron expulsados. Lugar de flores, cuna de la civilización mesoamericana. Ya en la época colonial se le conoció como el Paraíso de América, y en la moderna Alexander de Humboldt la hizo famosa en Europa con la frase “Donde la primavera es eterna”, porque todavía no era ciudad, donde todo era paz y tranquilidad hasta que llegó la Revolución.
Ciudad deseada por propios y extranjeros que llegaban y ya no se iban, buscando esa paz llegaron a vivir los capos de la droga, pero fue a partir del año dos mil cuando la autoridad protegió a una de esas bandas y empezó la zozobra, desde entonces se anda con el Jesús en la boca temiendo pasar en el momento de un enfrentamiento a balazos, o que cerca de tu casa encuentren a un ejecutado desmembrado, y lo peor es que ya no hay asombro.
Los enterados afirman que no hay crimen organizado sin complicidad organizada. 
En este terrible episodio que vive la historia de nuestro estado, no se están enfrentando los buenos contra los malos como en las series televisivas de antaño al modo de Los Intocables de Eliot Ness, son los grupos delictivos los que se están dando duro, sin medida, más los policías que protegen a uno de ellos. 
La ubicación geográfica de Morelos, puede ser una razón, ha sido el paso del trasiego de las drogas que vienen del vecino Estado de Guerrero donde se cultivan y producen, y desde Sudamérica vía aérea con escalas en aeropuertos clandestinos. Y cuando se desmiembra una banda o se corre a policías deshonestos porque ya no se pueden sostener, pues se dedican al secuestro, a la extorsión.
En el pasado los acontecimientos delictivos en Morelos eran nota roja solo de periódicos locales, delitos que no se podían considerar de gran impacto; a lo mucho, eran ejemplos de conductas antisociales, delitos menores o esporádicos, cometidos por quienes habían llegado huyendo de la justicia y de las venganzas de los estados vecinos; y los de allá dicen que son los de acá los que llegan a su territorio a esconderse de la justicia. 
Pero bueno, pasamos de la nota local a la nota roja internacional, pero las noticias nos dicen que la delincuencia va a la baja, noticias nada provechosas, en árabe, en chino, en japonés, alemán. Más antes, no se veía nada de esos crímenes, a lo mucho borrachos o pleitos de cantinas, faltas a la moral, sexo en autos o en parques y rincones de vías públicas, e iban a parar a la comandancia y con una ligera multa o influencias los infractores salían de inmediato, y hasta los policías eran tan buenas personas, tanto, que ni parecían policías, en las navidades los agentes de tránsito recibían regalos de la población y de casas comerciales que rodeaban su cajón de madera donde subidos dirigían cumplidamente el escaso tránsito peatonal y vehicular, eran queridos, ahora son temidos, porque sus jefes les exigen cuotas diarias. 
Cuando ocurrían homicidios eran inusuales, si, los hubo en Cuernavaca, y la gente pensó que se llegaba la perdición y ya no dejaban la puerta abierta tan fácilmente como se acostumbraba porque temían que el asesino se les aparecería; por fortuna todo se apaciguaba cuando anunciaban que el culpable ya estaba tras las rejas, pero como Cuernavaca era pueblo chico, se empezaba a comentar que no era el verdadero matón, que al que habían agarrado era un chivo expiatorio o  por su parecido con el retrato hablado y que no era justo, y empezaba la controversia popular en los cafés y en la calle. Esa era nuestra provincia. 
Pero la ciudad junto con sus autoridades busca mejores tiempos, surge la esperanza.
P.D. Hasta el otro sábado
Carlos Lavín Figueroa / [email protected]