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En vida había gozado de fuero, razón por la que al representante popular le dieron a escoger entre el cielo y el infierno. Para decidirse, visitó ambos lugares. Bajó primero al averno donde amablemente lo atendió el mismísimo diablo, le hizo un recorrido explicativo, le dio su número de celular para lo que se ofreciera, y vio a sus correligionarios disfrutando de las burbujas del jacuzzi, del champagne y la lujuria. Solo por no dejar visitó el cielo; reposando en mullidas nubes vio un grupo arcángeles tocando arpas y cornetas que acompañaban a querubines interpretando canciones lounge. Siguiendo su costumbre se decidió por el infierno, y resuelto bajo a instalarse. Entró; tras él, escuchó el estrepitoso cierre de los férreos portones, dedujo que no habría retorno, la piel se le erizó. Esta vez todo era árido, sumergidos en burbujeante azufre y humeante aceite hirviendo, los penitentes le imploraban ayuda extendiéndole sus descarnados brazos. Buscó al demonio para reclamarle, pero siempre estaba en junta, le habló a su celular, no contestó, cuando lo encontró, satán -antes que nada- le soltó que la vez anterior estaba en campaña.         
Cuando en vida, el sujeto era candidato, promovía la destitución de malos elementos; entre saludos, besos y abrazos, daba su número celular, cargaba niños; y en privado lavaba sus manos y cara. Ya en la curul, no daba ni cara mano ni celular, no atendía a sus adeptos, siempre estaba en junta o sesión, sus ayudantes les recomendaban que regresaran otro día o a lo más los pasaban con otro pendejete que hacia como que anotaba.   
Más de cien años atrás, poco antes de la Revolución en la oficina del gobernador Escandón, las peticiones de los campesinos despojados de su seguridad alimentaria, eran cada vez más desesperadas y recibían respuestas cada vez más escuetas. El dueño de la Hacienda del Hospital había dicho que si los de Anenecuilco quieren sembrar ¡que sembraran en maceta! porque ni en tlacolol –ladera- iban tener tierras. Sin embargo, los labriegos seguían tratando de hacer valer sus derechos vía pacífica y legal. Todo quedó sin respuesta, la época de siembras estaba encima y urgidos por las lluvias que pronto llegarían, los vecinos de Anenecuilco Morelos escribieron una última carta de súplica que llegaría a Porfirio Díaz:
“Sr. Gobernador del Estado de Morelos.
Los que suscribimos, vecinos de la municipalidad de Ayala, del distrito de Morelos, ante usted, con el más profundo respeto y como mejor derecho proceda, pasamos a exponer.

Que estando próximo el temporal de aguas pluviales, nosotros los labradores pobres, debemos comenzar a preparar los terrenos para nuestras siembras de maíz, en esta virtud, a efecto de poder preparar los terrenos que tenemos manifestados conforme a la ley de Reavalúo General, ocurrimos al Superior Gobierno del estado implorando su petición a fin de que si bien lo tiene, concedernos su apoyo para sembrar los expresados terrenos sin temor de ser despojados por los propietarios de la hacienda del Hospital. 

Nosotros estamos dispuestos a reconocer al que resulte dueño de dichos terrenos, sea el pueblo de San Miguel Anenecuilco o sea otra persona; pero deseamos sembrar los dichos terrenos para no perjudicarnos porque la siembra es la que nos da vida, de ella sacamos nuestro sustento y de nuestras familias.
Hace tiempo que el asunto de esos terrenos fue sometido al superior gobierno del estado por el excelentísimo Sr. Presidente de la República, general de división Porfirio Díaz, durante la administración del señor coronel Manuel Alarcón; pero la muerte vino a cortar su vida y este negocio quedó pendiente.
Hoy que tenemos un gobernante probo y que no dudamos protegerá a los labradores necesitados, esperamos se digne resolver favorablemente este asunto.
Por lo expuesto a Ud., suplicamos muy rendidamente se sirva acordar de conformidad, en lo cual recibiremos gracia y justicia que protestamos.
San Miguel Anenecuilco
Abril de 1910”. 
El 24 de mayo se entrevistaron una vez más con el secretario de gobierno, quien esa vez les pidió una lista de las personas que habían cultivado previamente esas tierras para determinar si tenían derechos; dos días más tarde -con colectas para el traslado- regresaron y se le entregó la lista, la conversación fue patética, era un nuevo ruego, esta vez de que se tomase rápidamente una decisión, ya no respecto a la posesión de la tierra, sino simplemente si la podían cultivar, pagando un alquiler, una renta, de ser posible, a quien resultara dueño, porque las lluvias ya habían empezado y ellos sin sembrar. Tampoco recibieron respuesta. Hubo demora tras demora. Sin esas tierras, los campesinos no podían mantenerse. Tendrían que emigrar en busca de sustento, lo cual pondría fin a una comunidad de siglos, perderían también el rito de la siembra. Sumado a la burla, el administrador de la Hacienda rentó la tierra a los agricultores de Villa de Ayala, y los de la Villa comenzaron a sembrar en los surcos que ya habían abierto los de Anenecuilco. Toda una crisis entre pueblos hermanos provocada por abuso de hacendados y la omisión oficial. 
Y los intelectuales liberales convocaban a una fusión de grupos hasta formar una gran solidaridad revolucionaria.
P.D. Hasta el otro sábado.
 

Por:  Carlos Lavín Figueroa  /  [email protected]