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Hace unos días Roberto Abe Camil presentó “No Mirar Hacia Atrás” un excelente libro de su autoría, una historia novelada de lucha y sacrificio, una historia de Cuernavaca donde de manera estupenda nos narra la vida y anécdotas de su bisabuelo Manuel -Kaichi- Abe Matsumura, primer emigrante japonés en nuestra ciudad, uno de los iniciadores de la vida comercial de nuestra ciudad después de la Revolución del Sur.
La primera presencia de Japón en Cuernavaca fue a través de los Murales de catedral, que describen la epopeya y sacrificio de san Felipe de Jesús en el intento por evangelizar Japón a finales del siglo XVI; y también por el intercambio comercial del Galeón de Manila que unía a esta Nueva España con las ancestrales Islas Filipinas.

En la segunda década del pasado siglo llega el joven Manuel, quien sería muy estimado no solo en Cuernavaca sino en todo el estado de Morelos, que supo ganarse el “Don” como tratamiento de respeto, quien con tenacidad y esfuerzo crea diversos negocios como el ingenio azucarero en la Hacienda de San Ignacio Actopan en Tetecala, donde por cierto, tuvo tratos comerciales y amistosos con mi abuelo materno don Licabardo Figueroa; amistad que trascendió a través de su nuera Lolita Almada de Abe con mi madre Amparo y mi tía Consuelo Figueroa.

Al inicio de su libro, Beto Abe Camil, nos describe como era la dura vida cotidiana en el Japón tras la Guerra ruso-japonesa de 1905, que, a pesar de la victoria nipona, provocó una crisis que obligó a su bisabuelo a emigrar a México, donde llegó a Manzanillo como peón para la construcción del ferrocarril Guadalajara-México, ciudad a donde llegó, para sin saberlo, iniciar su vida comercial precisamente en Tacubaya, en la capital, es testigo del ocaso de Porfiriato, de las Fiestas del Centenario y de la Decena Trágica.
Poco después llega a Cuernavaca, donde establece su tienda en el antiguo Mercado Juárez de la calle de Guerrero, aquí vive la Revolución Zapatista contra los federales cuando esta ciudad fue lugar de encarnizadas batallas; vivió también el sitio de Cuernavaca por los carrancistas; la marcha de la muerte cuando los cuernavacenses la abandonan por el sur en desordenada huida dejado muertos en su huida; y la presencia de personajes como Felipe Ángeles, Rosa King, y el propio Emiliano Zapata, de quien fue proveedor.
Posteriormente, en las décadas de los años veinte y treinta, fue un protagonista del surgimiento y auge de la ciudad, años en los que consolida su posición social y comecial; tras la Revolución echa a andar el abandonado Ingenio de Actopan, forma una familia, ve crecer a sus hijos, particularmente a su primogénito Roberto quien fue su mano derecha, que casó con Lolita Almada, señora a quien tanto estimé. Estos años fueron decisivos en Cuernavaca, pues se afianzó el turismo, vinieron Dwight Morrow, Diego Rivera, Malcolm Lowry y el General Calles, quien, desde su “Quinta Las Palmas” en la Avenida Morelos, controló la política del país durante “El Maximato”. A lo largo de la historia-novela se describen sucesos trágicos como la aprehensión del General Francisco Serrano y sus acompañantes en los Hoteles La Bella Vista y Moctezuma -cuando este hotel era propiedad de mi abuelo Carlos Lavín Aranda- para luego ser asesinados en Huitzilac; a don Manuel se le requisó el camión en el que fueron transportados algunos de los prisioneros, entre los que iba Octavio Almada, tío directo de doña Lolita. Por cierto, en esos años, la familia Almada compuesta con varias hijas -todas muy guapas me decía mi padre-, era vecina pared con pared con mi abuelo Carlos Lavín Aranda y su esposa e hijos, entre ellos mi padre Carlos Lavín Oliveros; pero esas son historias paralelas que contaremos aparte.  En un video de “A la Vuelta de la Esquina” narré de cuando –a media cuadra al norte de esas casas- fue propietario de “Abarrotes y Cantina La Sorpresa” que él ya muy conocido don Manuel atendía, donde por las tardes el mostrador de la tienda se usaba como barra de cantina, misma que todavía existe con el nombre de “El Danubio” ubicada en la esquina de Leandro Valle y Matamoros.
En su narración, Beto nos cuenta la presencia del General Cárdenas en Cuernavaca, concretamente en su rancho Palmira, donde toma la valiente decisión de nacionalizar el petróleo y posteriormente dona esa propiedad a un internado para señoritas que aún subsiste.  
La historia novelada cierra con la incautación de las propiedades de don Manuel Abe por el Gobernador Castillo López, quien con motivo de la Segunda Guerra Mundial usa como pretexto el origen japonés de don Manuel.
Después de recuperarse de esos avatares, y convertirse otra vez en próspero y respetado ciudadano regresaría al Japón, en los últimos años de su productiva vida retornó a su amada Cuernavaca, donde muere en 1978, siendo sepultado en el Panteón de “La Leona”.
Recomiendo ampliamente la lectura de este libro que me sorprendió por su calidad narrativa y su calidez humana, está a la venta sábados y domingos en el “Callejón del Libro” frente a catedral en el puesto del señor Heberto González de Matos.
P.D. Hasta el otro sábado

Por: Carlos Lavín Figueroa /  carlos_lavin_mx@yahoo.com.mx