Don Miguel Salinas Alanís; maestro, lingüista, historiador, y académico especializado en la historia y geografía de su estado natal y del estado de Morelos en donde vivió durante casi treinta y cinco años, escribe en su libro Historias y Paisajes Morelenses lo siguiente:
En las postrimerías del siglo XIX, Cuernavaca, era una pequeña población de provincia con menos de 10,000 habitantes y unas 1000 ó 1500 casas, de las que no llegaban a 100 las de dos pisos y techos de azotea y construidas de mampostería de piedra con argamasa de cal, el resto eran construcciones de adobe, de un solo piso, con techos de teja acanalada de barro color rojizo, que ponía una nota de colorido alegre en el caserío. Como en todas las ciudades de tipo español, había pocas plazas o plazuelas que proporcionaran espacios abiertos y menos aún arbolados, pero casi todas las casas tenían amplios patios y traspatios y había bastantes huertas con árboles frutales y buena dotación de agua más o menos potable, ya que, si en su origen tenía suficiente pureza, el largo recorrido que hacía en caños cavados en el duro tepetate donde se asienta la ciudad y mal tapados con losas dentro del poblado y con simples piedras planas a extra muros, permitía fácilmente contaminaciones de agentes externos, inocuos o patógenos.
La ciudad, asentada en el lomerío que forma la falda final de la vertiente austral de la serranía del Ajusco, se encuentra en un declive continuo, bastante pronunciado, que varía, a lo largo de la loma, entre el 3 y el 8 por ciento en la longitud -de norte a sur-  y en lo transversal llega hasta el 20% y aún más en algunas calles -hacia las barrancas de Amanalco y Analco. Esto le da un aspecto movido y pintoresco y permite un fácil aseo, así como impide la existencia de pantanos o aguas estancadas, librándola del azote del paludismo, que fuera de Cuernavaca, es endémico en el resto del territorio que forma el Estado de Morelos, por causas naturales o provocadas por la clase de agricultura que en sus terrenos se desarrolla  como los arrozales y cañaverales.
Sin discontinuidad en la sucesión de sus casas, esto es, sin espacios libres entre ellas al frente que formaban sus calles, el núcleo de la ciudad tendría entonces, una superficie de cuatro kilómetros cuadrados, pero aparte de esto, formaban parte de la ciudad, en calidad de barrios; al oriente, los llamados de Gualupita y Amatitlán situados sobre unas lomas más anchas y planas que el casco –Centro Histórico- de Cuernavaca, de la que están separados por una profunda barranca, llamada de Oacalco y Amanalco, y que fue, según las crónicas -fue- la mejor defensa que tuvieron los indígenas tlahuicas para disputar a los españoles la conquista de la Ciudad en 1521, hasta que llevados por un guía de la región, encontraron un árbol corpulento que creciendo en la orilla oriente de la barranca, extendía sobre ésta, en un lugar muy angosto, sus poderosas ramas, a través de las cuales pudieron alcanzar la orilla del poniente causando con esto confusión y desorden primero, y derrota después, entre los defensores, indígenas tlahuicas de Cuahunahuác -(los defensores eran en ese momento texcocanos, que con la Triple Alianza que habían conquistado a los tlahuicas, a quienes les estaba prohibido estar armados, se dedicaban a la producción para cumplir con sus tributos. Nota de Carlos Lavín)- nombre nahoa de la población que significa cerca de los árboles y que la corrupción fonética convirtió en la poco eufónica palabra Cuernavaca, en labios españoles, que recordaron (ojo) el de un pueblo de la provincia de Extremadura en España.
-(Este pueblo, como lo he investigado y publicado recientemente, es Caravaca cerca de Extremadura ambos en el sur de la Península Ibérica, nombre que influyó y deriva el de Cuernavaca, nota CLF)-
Al poniente de la ciudad y sobre otra larga loma separada de ella, también por profunda barranca, está el barrio de San Antonio Analco, llamado simplemente por los vecinos San Antón, y como prolongación de las avenidas longitudinales de la ciudad, hacia el rumbo sur, se hallan los barrios llamados San Pablo, el más oriental, Santo Cristo, el central, San Francisco, el occidental; los tres comprendidos entre las dos barrancas hondas que limitan el núcleo principal de la ciudad al este y al oeste. Hacia dicho rumbo se localizaba el camino real, después nacional de México a Acapulco, a su paso a través de la ciudad de Cuernavaca, y por el cual transitaban, en su marcha en uno u otro sentido, los vehículos de tracción animal, los jinetes y las recuas de mulas y burros que hacían el servicio de transporte de personas y mercancías de la ciudad de México, a la costa del Océano Pacifico.
P.D. Hasta el otro sábado

Por: Carlos Lavín Figueroa /  [email protected]