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Esta colonial casona, se encuentra en el lugar fundacional de Cuernavaca, data del primer cuarto del Siglo XVI, misma época del Palacio de Cortés y de Catedral, y ha conservado ese nombre que se usó en aquellos tiempos para nombrar a una casa señorial. Algunos de sus muros interiores son de orígenes prehispánicos. Los capiteles de las cuatro columnas de su fachada y los del interior, son iguales a los que están en la Capilla Abierta de Catedral.
La Casona ha tenido diversas remodelaciones y usos, a principios de la época colonial la construye Hernán Cortés para Yoatzin el cacique de la población en el mismo lugar de la construcción prehispánica; a mediados del siglo XVI fue sede de la Alcaldía de la entonces villa de Cuernavaca; fue en un tiempo hospital, pero no de enfermos, sino en el antiguo sentido de hospedaje para pobres y peregrinos, y en otro tiempo se guardaban ahí los ornamentos de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción –hoy Catedral-. Fue depósito de granos -pero nunca de cadáveres cono se ha dicho-, muestra de ello queda un hueco entre la planta alta y baja que servía para vaciar los granos directamente a las carretas de carga, de lo que también queda el angosto portón por calle Ruiz de Alarcón; fue almacén, cuartel militar, hospedó a revolucionarios, luego fue hotel-restaurante, y en la década de los años ‘50 fue Posada la Casona con unos pocos departamentos.
Como todas las casas coloniales de esta ciudad, tenía una huerta en la parte posterior. En esos años ahí  viví temporalmente con mis padres y ahí vivían sus propietarios, una linda señora de nombre Chayito de pelo blanco-azulado, simpática, dicharachera, amable, bajita, muy querida, amiga de mi madre a pesar de la diferencia de edades; ¡corre y dile a tu mama que se murió Jorge Negrete!, me impresionó, corrí, agitado di la noticia, y yo no sabía quién era el tal Jorge Negrete, apenas tenía seis años; en contraste, el esposo de Chayito era un señor misterioso, alto y espigado, no lo recuerdo hablando, solo era conocido como el señor Alatriste. En el pasillo de la entrada que con otro formaban una cruz, había unos sillones de mimbre que servían de sala y seis pedestales con bustos de cantera entre ellos el de un tal Bernal Díaz del Castillo, otro era idéntico al dueño de la Casona; intrigado, pregunté a Chayito, por qué, si era su esposo, tenía otro nombre en el pedestal, me sentó a su lado y me narró que su esposo había servido de modelo y que el escultor agregó barba y bigote, era el busto de Antonio de Mendoza primer virrey en la Nueva España. Ahora esos dos bustos se encuentran en la arcada frontal superior del Palacio de Cortés, que alberga al Museo Cuauhnáhuac.
En la Casona vivió un tiempo una señora muy amable de quien también tengo buenos recuerdos, alta, pálida y delgada, siempre que me veía platicaba conmigo; ella vivió hasta su muerte a dos casas en el domicilio de don Ignacio Oliveros misma casa que hoy ocupa una plaza comercial y el restaurante italiano, era Sarita del Carmen Serdán del Valle hija de Aquiles Serdán y Filomena del Valle, quienes aliados a Madero iniciaron la Revolución en Puebla en el primer suceso armado de esa guerra, Sarita del Carmen estaba en el vientre de su madre durante la balacera de la matanza de su familia el 18 de noviembre de 1910. Francisco I. Madero y su esposa Sara decidieron hacerse cargo de la niña y ser los padrinos de bautismo. A la niña se le puso el nombre de Sara en honor a la esposa de Madero y del Carmen por la madre de Aquiles. El señor Alatriste –dueño de la Casona- cuyo nombre nunca supe, era primo hermano de Sarita y sobrino de Aquiles Serdán Alatriste.
Años después cuando Chayito me veía en el centro de la ciudad, iba por mí, y del brazo me llevaba con sus amigas a su mesa de La Parroquia, “es mi novio”, me presentaba, había mucho cariño y hoy buenos recuerdos. Por su edad, el matrimonio se fue a vivir a Ciudad de México con algún familiar y nunca más supe de ellos.    
En esa Casona vivió John Spencer ciudadano inglés, que se dice era tío de lady Diana Spencer esposa del príncipe Carlos de Inglaterra. En ese entonces, este señor hizo un viaje a la India que se alargó por varios años. Había dejado su departamento cerrado y con todas sus pertenecías; en su ausencia, los Alatriste querían vender la propiedad pero no podían hacerlo por estar ahí las cosas de Spencer. Cuando regresó de la India, vio que la Casona estaba cerrada y en venta, fue a ver a los señores Alatriste a Ciudad de México, les preguntó el precio y no dijo más, días después regresó con el cheque por la cantidad indicada y compró la Casona, donde viviría el resto de sus días en sus habitaciones de planta alta esquina con calle Ruiz de Alarcón con una fantástica vista nocturna a nuestra Catedral que me recuerda a la almenada iglesia de la Santa y Vera Cruz de Caravaca, y su torre campanario a la esplendorosa Giralda de Sevilla.
Spencer dejó la Casona a un fideicomiso, hoy es un centro cultural, con cafeterías, artesanías y librería, una casa que acumula historias, mitos… y leyendas.
P.D. Hasta el otro sábado.

Por: Carlos Lavín Figueroa /  [email protected]