Mucho tiempo pasó desde que Paco Siller se fue de Cuernavaca. Su regreso lo había pospuesto una y otra vez. Tan luego llegó, nos reencontramos en La Universal, lugar de reuniones de aquellos años.
Al retornar a la soltería, Paco, había llegado a vivir a la Ciudad de Chihuahua, acostumbraba comer solo en el restaurante Victoria. En cierta ocasión, desde otra mesa le mandaron una copa. A pesar de que su bolsa estaba a la baja, correspondió con una ronda a quienes parecían prósperos ganaderos que tomaban bebidas importadas, esa tarde terminó en la mesa de ellos. Después de narrarles su historia, el de a su lado, le preguntó en donde se hospedaba; al término de la tertulia, lo llevó a su hotel y le dijo que recogiera sus cosas. Paco pidió su cuenta, y cuando bajó, ya la había pagado el ganadero, quien lo hospedó en una de sus casas donde organizaba sus fiestas privadas en las afueras de la ciudad, por la carretera a Ciudad Juárez. Un día, su nuevo conocido llegó con algunas amigas, presentándole a una norteña que terminó siendo su amante. A pocas semanas la chica llegó a verlo apresurada diciéndole que se fuera de inmediato, que su expareja se había enterado de sus relaciones y que ya venía con sus guaruras a buscarlo. La vio tan alarmada, que, obligado, empezó a empacar sus cosas; le dijo que dejara todo, que ya no había tiempo, que después le mandaría sus pertenencias, ella le dio su auto y el salió directo al aeropuerto, le dejaría las llaves con un conocido en la terminal aérea. Su amigo el ganadero, lo alcanzó y le dijo que qué iba a hacer a otro lado, le dio facilidades para llegar a uno de sus alejados ranchos en su avión cisterna que recogía la diaria producción de leche y otros productos. Estando ya en el rancho, en un paraje lejano de la Sierra Tarahumara, llegó la policía a detener al administrador. Días después arribó el dueño, y para su sorpresa, lo nombró nuevo administrador de la propiedad, negándose Paco con el argumento de que no sabía nada del tema, pero se vio forzado a aceptar. La amante llegó al rancho a vivir con él por unos meses. Sus deberes eran estar al frente del negocio apoyado con una docena de gobernadores de tribus tarahumaras, quienes en el rancho eran mayordomos, cada uno tenía a sus órdenes hombres y mujeres, indígenas que ahí vivían con sus familias.
Una tarde después de labores, llegó a verlo don Elías -uno de los mayordomos- iba con su esposa y tres hijas, para que Paco escogiera a una de ellas para su servicio, desconfiado no aceptaba el ofrecimiento. Después de largas explicaciones accedió y escogió a la de mejor ver; el padre, ordenó a su joven hija Eva; anda, ve a preparar la cena al patrón, y se retiraron. Por la noche Paco le indicó que se fuera a su casa y que regresara al otro día, ella le explicaba que había sido una orden de su padre quedarse a vivir con él; nuestro amigo insistía en que se retirara. La joven le revelaba que irse se entendería como un rechazo y sería una ofensa para su familia, y mal visto por la tribu, que, de ser así, se tenían que ir del racho, o serían expulsados vergonzosamente del lugar por sus mismos coterráneos. Finalmente Paco accedió a que se quedara, dándole un lugar para dormir. Ella le explicaba que la habían llevado para su servicio, el, no lograba entender. El caso es que el servicio consistía hacerla de su mujer con todas las obligaciones incluidas. Eva se metió en la cama, y, se cumplió la tradición tarahumara. Así vivieron; ella preparaba un extracto de hierbas silvestres para evitar el embarazo.  
El rancho era inmenso, en varios puntos había cabañas con provisiones para resguardarse, la joven no se separaba de Paco, siempre caminaba unos pasos atrás de él para lo que se ofreciera. El rancho tenía producción agrícola y ganadera, vacas lecheras, además de ganado para cría y engorda, borregos, granjas de cerdos, productoras de huevo y pollos. Cada mayordomo se encargaba con sus indígenas de una producción determinada y cada uno le rendía cuentas.
Un año después regresó la familia de Eva acompañada de un muchacho raramuri con los padres de este; todos le pidieron a Paco la mano de su concubina para que pudiera casarse con el joven indígena. Contra su voluntad, después de largas explicaciones y aun sin entender, Paco, accedió a otorgar la mano, y terminó siendo padrino del matrimonio, que según sus costumbres es a un año de prueba en que el novio se va a vivir a casa de los padres de la mujer, si todo va bien, la boda se formaliza por el gobernador ante la comunidad, si no es así, todo termina sin dificultades. El padre del novio, agradecido, le dejó en reemplazo a una de sus hijas de nombre Genoveva. Y la misma historia, con el tiempo otra vez fue padrino de bodas.
Una mañana de invierno, llegó la hermana del dueño a festejar su cumpleaños con sus amistades, se escogieron unos cabritos para la celebración. Como Paco no había sido invitado se fue al lejano pueblo de Guachochi, regresando ya de noche en medio de una fuerte nevada. Para su sorpresa tocaron a la puerta de su cabaña, era la festejada con una botella de coñac, quien le reclamó por qué no había asistido a la comida, y se invitó a pasar, seguía nevando. Ahí estaba Genoveva que encendió la chimenea y preparó la cama para sus patrones...
P.D. Hasta el otro sábado

“Historias y Relatos”
Carlos Lavín Figueroa
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