Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés) es el grupo terrorista que mejor sabe usar y explotar las redes sociales. Su propaganda visual está sorprendentemente bien lograda: se notan las manos de profesionales que editan, musicalizan, incluyen gráficas, imágenes computarizadas, en sintonía con un poderoso guión que incorpora fragmentos de transmisiones de medios de comunicación y declaraciones de políticos estadunidenses con un único objetivo: mostrarse invencibles.
ISIS parece estar consciente de que sus posibles nuevos adeptos se mueven mucho en redes sociales: hombres jóvenes, marginados, enojados y atemorizados por un futuro incierto, y consecuentemente propensos a caer en la trampa del terrorismo. Estado Islámico ofrece a estos jóvenes solitarios la falsa promesa de pertenencia, algo que Occidente y sus valores no han sido capaces de representarles; pertenencia a una especie de familia ampliada, con camaradería, empleo, mujeres y solidaridad (como las pandillas centroamericanas o los cárteles de la droga en México). Sin contar el atractivo del viaje emocionante lleno de acción que muchos de estos jóvenes han admirado en películas y videojuegos.
Pero Estado Islámico no se queda en el mundo virtual de las redes. Su meta, a diferencia de otros grupos extremistas, es establecer un estado territorial, conquistar al mundo, convertir a todo ser humano en musulmán y ejecutar al que no se deje. En las áreas que ISIS controla en Siria e Irak, el califato ya impone su propia moneda, su estructura burocrática, su orden social. Se erige como gobierno formal donde llevan años con pura anarquía.  
Por años las redes sociales han ganado el prestigio del espacio donde la información fluye libremente, sin politizarse, como un quinto estado que puede contrarrestar la propaganda de los gobiernos y el poder los medios tradicionales. ISIS está demostrando que las redes son también un arma sofisticada pero barata a la que no han podido neutralizar los que combaten al terrorismo.

Los tres últimos ataques a Occidente, en París, en San Bernardino, California, y en Bruselas se pueden explicar en parte por esta sofisticada propaganda de Estado Islámico en las redes. 

El desafío es enorme: ¿cómo acabar con algo que es tan abstracto como una cuenta de Facebook o un video de YouTube?
 No hay respuestas claras. Los bravucones como Donald Trump, puntero republicano a la Presidencia, dicen que habría que prohibir internet. Muchos otros parecen dispuestos a ser espiados por sus gobiernos en nombre de la seguridad nacional. 
Más matizados proponen establecer acuerdos de seguridad con las grandes compañías que las operan –Twitter, Facebook, YouTube– para detectarlos y hacer más inteligencia que espionaje generalizado. 
Porque una parte es de guerra convencional. De aviones y tropas. Pero eso no eliminará que Estado Islámico ya está en casa, a través de cualquier pantalla, a un clic de distancia.

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