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Las monarquías están apachurradas, desprestigiadas, en extinción. Es el lugar común. Que en la nueva era, en el siglo de las redes sociales, no hay cabida para linajes ni pedigrís.

Con eso en la cabeza me senté hace unos días a tomar un café con un hombre que, en cosa de una hora, defendió a reyes y reinas con pasión y argumentos a los que no había tenido el gozo de encontrar. 

Luis María Ansón es una de esas leyendas vivas y vigentes del periodismo de habla hispana. Premio Cervantes de Comunicación, miembro de la Real Academia Española, encumbró al internacionalmente conocido periódico español ABC, dirigió la agencia EFE y sigue en el oficio a sus más de 80 años, liderando El Imparcial. 

Lo busqué para preguntarle de la política española, de la incapacidad para formar gobierno, de que están en la ruta de una ¡tercera! jornada electoral. Terminamos hablando de las monarquías. Yo le dije que estaban pasadas de moda, rechazadas por el grueso de las generaciones más jóvenes, desacreditadas por los excesos de reyes y reinas, príncipes y princesas contemporáneos.

Me contestó con una provocación: si yo te pregunto ¿qué prefieres, vivir en las monarquías de Jordania, Arabia Saudita o Marruecos, o en las repúblicas de Alemania, Francia o Estados Unidos?, la respuesta es obvia, tan obvia como si te pregunto si prefieres vivir en las monarquías de Suecia o Japón, o en las repúblicas de Venezuela o Kenia.

Tiene razón. La vieja historia de cuando la pregunta induce la respuesta. El maldito truco de las preguntas, que tan arrinconados tiene a los encuestadores. 

Así que Ansón fue más allá de las preguntas genéticamente modificadas. Me pidió: verifica cualquier listado de los países más prósperos del mundo y notarás que la inmensa mayoría tienen monarquía. Él mismo hace mi tarea en tiempo real, y suelta: Suecia, Dinamarca, Noruega, Holanda, Nueva Zelanda, Canadá, Gran Bretaña, Australia, Japón. 

Acudo después a los listados, y es verdad, la mayoría de las economías-ejemplo son monarquías, en donde el papel de los reyes no es protagónico en la política cotidiana, partidista, sino que fungen como un símbolo garante de la estabilidad. Democracias vibrantes, monarquías garantes.

Se terminó el café. Tuvo el gesto de encaminarme hasta el vehículo, en la puerta del hotel donde se hospedó en México para recibir el Premio de Periodismo José Pagés Llergo.

De esas conversaciones que uno no puede guardarse. Porque suman. Porque se estrellan contra los argumentos frecuentes. Porque desafían. Así que aquí la tienen.

SACIAMORBOS

–No sabía yo que Moisés Mansur era prestanombres de Javier Duarte– me asegura el gobernador que lo sustituyó, Flavino Ríos.

–¿Y ahorita sí le queda claro que sí…? –le reviro.

–Pues por las evidencias que se presentan en el video, me parece que sí.