Una de las noticias que más impactó a nivel mundial la semana pasada fue la forma en que el Ejército de Estados Unidos le puso el alto al presidente Donald Trump.
 Otros dos mandatarios populistas del continente, el brasileño Jair Bolsonaro y el mexicano Andrés Manuel López Obrador, han sido más sagaces cooptando al Ejército: Bolsonaro tiene medio gabinete ocupado por militares y AMLO ha llenado de dinero al Ejército.

En México, la compañía constructora más grande del país es la Secretaría de la Defensa Nacional.
 Las constructoras de los hombres más ricos del país no se comparan en el tamaño de su cartera de obras con lo que el Ejército está haciendo este sexenio, por instrucción directa del presidente López Obrador: el aeropuerto de Santa Lucía, dos tramos del Tren Maya, casi tres mil sucursales del Banco del Bienestar, hospitales, fraccionamientos, etcétera.
 Las tareas de las fuerzas armadas en esta administración se han multiplicado hasta lo inimaginable: van desde reducir los índices de criminalidad a través de la Guardia Nacional hasta limpiar el sargazo del mar en Cancún.

Mientras la industria de la construcción ha reportado los números rojos más graves de su historia y mientras la economía está paralizada por la falta de inversión pública, incluso desde antes de la pandemia, el Ejército vive una época de oro en su nueva faceta de empresa dedicada a la infraestructura.
 Este éxito no llega ausente de polémica: ya han surgido denuncias de que en varias de sus obras recurren al cobro ilegal de porcentajes para permitir que empresas privadas participen.

López Obrador tiene al Ejército en el bolsillo.
 Nunca mejor dicho.

En Brasil, otro mandatario populista (el término no es peyorativo), Jair Bolsonaro está pasando momentos muy difíciles: su manejo de la pandemia es catastrófico, ha maquillado las cifras, negado la peligrosidad del virus, las muertes y contagios se han disparado y su nación ya es segundo lugar mundial en gravedad de la pandemia.
 Encima, una investigación por corrupción toca a su familia y se acerca a su círculo más íntimo.
 Ante ello, por su alianza con los militares que ocupan varios ministerios de su gobierno, el bolsonarismo ha coqueteado con la idea de un “autogolpe” de Estado en el que, impulsado por el propio Bolsonaro, el Ejército ocupe más posiciones, de la mano del presidente que acusa ataques en su contra.
 La prensa internacional estuvo la semana pasada reportando esta posibilidad, a partir de declaraciones del hijo del mandatario brasileño.

La misma semana pasada, en cambio, atestiguamos la clara fractura entre el poderoso Ejército de Estados Unidos y el presidente Donald Trump.
 Frente a los disturbios en las manifestaciones para protestar contra el racismo a partir de la muerte de George Floyd, el mandatario planteó sacar al Ejército a la calle a reprimir.
 Aunque en un primer reflejo las fuerzas armadas parecían acompañarlo, muy pronto figuras de la mayor prominencia en su propio gabinete militar pusieron el alto a Trump, quien terminó por recular.

En los países alineados con la idea de ser democracias modernas, hacer política con el Ejército, por la vía del poder o por la vía del dinero, siempre despierta sospechas.

Por: Carlos Loret de Mola A. / carlosloret@yahoo.com.mx