En la Secretaría de Economía calculan que las empresas estadounidenses que se benefician del TLC van a cabildear en la Casa Blanca y van a convencer a Donald Trump de no meterse con el tratado.

 En la Secretaría de Turismo esperan que la depreciación del peso mexicano vuelva más atractivo el destino de nuestro país, por encima de la imagen de violento que promueve el presidente electo.

 En la Secretaría de Agricultura pronostican que pueden explicarle bien-bien al próximo inquilino de la Casa Blanca que el TLC tiene beneficios para los consumidores de ambos países y no vale la pena meterse con él.

 En la Secretaría de Relaciones Exteriores ya se vio que confían en que un plan de once puntos, con más retórica que acción, y un mensaje de 54 segundos de la titular bastan para enfrentar algo que seguro no ven tan amenazante.

 Vamos, hasta la oposición más dura al régimen, en la figura del líder de Morena, Andrés Manuel López Obrador, promueve que hay que mantener la tranquilidad, que todo va a estar bien.

 El presidente Peña Nieto va a la cumbre de mandatarios en Perú y ahí se expresan seguros de que pueden salir adelante sin Estados Unidos, y que en una de esas se anclan a China, como si reorientar una economía regional fuera tan sencillo como preparar de comer hoy hamburguesas y mañana arroz frito.

 La clase política mexicana sí se creyó eso de que Donald Trump fue, al estilo de San Pablo en su camino de Damasco, estrujado por un rayo que lo tumbó del caballo y le llevó a descubrir que debe ser un moderado.

Y es cierto que desde que anunció su victoria la madrugada del 9 de noviembre, el magnate neoyorquino ha tenido claros rasgos de moderación. Pero también es verdad que esos rasgos cada vez son menos frecuentes y a dos semanas de distancia, parece que el viejo Trump está de vuelta, sin que nadie parezca tomárselo en serio.

Hoy en Estados Unidos hay alarma entre los sectores más moderados por el nombramiento del gabinete. Es un fiel reflejo del Trump más intolerante. Quiere como procurador a Jeff Sessions, el senador de Alabama a quien hace tres décadas Ronald Reagan quiso volver juez federal pero el Congreso lo rechazó por sus comentarios racistas. Y como consejero de Seguridad Nacional al General Michael Flint, conocido por atacar abiertamente y generalizadamente a los musulmanes y al Islam. Por no decir que están en primera fila sus tres hijos y su yerno.

Encima, el presidente electo, despojado de cualquier investidura, sigue recurriendo a lo que es: un peleonero que se calienta y tuitea arremetiendo contra quien le critique. Nomás el fin de semana le pidió “equidad” a Saturday Night Live y acusó ¡de buleadores! a los artistas del musical Hamilton.

 Hoy en Estados Unidos ya se discute si la nueva conformación de la Suprema Corte, incidida por las nominaciones de Trump y la posible salida de alguno de sus ya mayores miembros por enfermedad o fallecimiento, va a retirar el derecho de las mujeres al aborto, garantizado desde 1962. 

Allá dan por muerto al TLC. Ni los demócratas lo quieren. Pero aquí el gobierno le ve esperanza. 

Allá se preguntan qué tan extremista va a ser. Aquí actúan como si ya se hubiera moderado.

Historias de reportero
Carlos Loret de Mola A.
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