En el gabinete de López Obrador ya se dicen los unos a otros “señor secretario, señora secretaria, señor canciller”. En varias reuniones que han tenido, según me narran testigos, así se refieren los unos a los otros cuando se dirigen u otorgan la palabra. Olga Sánchez es “señora secretaria”, Héctor Vasconcelos es “señor canciller” y así.
A algunos parecerá una escena de comedia de Pardavé en donde un grupo de personas se cree lo que no es, a otros una postura de campaña para mandar la señal de que están conscientes de su posición en las encuestas y están listos para hacer gobierno.
Lo peligroso sería que se la creyeran. No hay peor enemigo en una campaña que el exceso de confianza. ¿Estará cayendo en ello el líder de Morena?
Desde hace tiempo, y lo publicamos en su momento en estas Historias de Reportero, Andrés Manuel López Obrador ha jugado con su lugar en los sondeos para asumir el papel de El Inevitable. Que su triunfo no se puede detener, que es una consecuencia imparable y natural del hartazgo social, que más vale adaptarse, pactar, entender, someterse, negociar.
Le ha funcionado de maravilla. Empresarios, líderes sociales, gobernadores que no son de su partido han tendido puentes hacia Morena. Y recientemente han sucedido dos fenómenos que abonan en esa dirección.
El primero es una oleada de artículos de muy buena manufactura en la influyente prensa internacional en los que se asume que López Obrador tiene un pie y medio en Los Pinos (aunque después lo vaya a convertir en centro cultural). A esto se suman especialistas financieros que por un lado pronostican su victoria y por otro lamentan que esto vaya a sumergir a México en un mar de incertidumbre económico-financiera a consecuencia de los postulados populistas de “AMLO”, como ya le llaman a manera de apodo en el extranjero.
El segundo es que su palabra se toma casi como hecho. El aeropuerto, la reforma energética, la educativa, la intervención del Estado en la economía, la amnistía contra criminales. Ninguna propuesta de ningún candidato acapara tanta atención pública y se toma con tanta seriedad como las que emanan del aspirante de Morena. Ya se le da por ganador.
Todo esto converge en un riesgo que no es ajeno a López Obrador, pues ya lo vivió en 2006. Demasiado temprano se sintió ganador, demasiado temprano repartió puestos en el gabinete, demasiado temprano le levantaron la mano dentro y fuera… y a la hora de la hora el presidente fue Felipe Calderón Hinojosa, “haiga sido como haiga sido”, citando las palabras del propio ex mandatario.
Un exceso de confianza puede derivar en no cuidar bien las casillas, en ensoberbecerse y no mandar señales de certidumbre a quienes las necesitan, en no darle la seriedad y el peso que merecen los debates. En síntesis, un exceso de confianza puede derivar en el desplome.

Por: Carlos Loret de Mola A.

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