Se muestran sobrados, orondos, que no los vence nadie. Salen ante los medios de comunicación en plan de confrontación. Presumen que en la bolsa traen al pueblo, que ellos sí van a cambiar las cosas. Y destilan la soberbia de quien amanece pensando en que cada minuto está escribiendo la historia, que sus discursos son dictados para sus biógrafos, pólvora para sus seguidores. Que ellos sí están cambiando las reglas, que ellos sí están cambiando el orden o desorden de cosas.
Pero ayer, el terrorismo les bajó los humos a los encumbrados radicales. Con el doloroso saldo de cinco personas muertas y cuarenta heridas (al cierre de esta columna), el terrorismo dio oficialmente el estrenón a los radicales:
Un hombre en una camioneta 4x4 arrolló a un grupo de ciudadanos, se estrelló contra la valla del emblemático edificio del Parlamento de Londres, se bajó de su vehículo para apuñalar a un policía y corrió hacia la puerta de la sede legislativa hasta que otros agentes lo neutralizaron a balazos.
Sucedió ayer en la Gran Bretaña de Theresa May, la Donald Trump inglesa. Una mujer que llegó al poder como resultado del terremoto político que fue el Brexit, la consulta ciudadana que arrojó que los votantes británicos querían salirse de la Unión Europea. Fue el primer gran triunfo del antiestablishment, del antisistema, de los discursos rupturistas que luego empujaron a Trump hasta la Casa Blanca.

El discurso que condujo a Theresa May a ser primera ministra de Gran Bretaña es el que argumenta que hay que sacudirse a los migrantes porque son terroristas, el del nacionalismo frente a la globalización. Ella ha respaldado a Trump, lo ha visitado y elogiado, y apenas antier secundó sus supuestas medidas antiterroristas de prohibir laptops y otros aparatos electrónicos en vuelos procedentes de un relevante grupo de países de mayoría musulmana.

Theresa May tomó posesión hace más de ocho meses. Esta tragedia ya le pasa factura a su mandato. Sucedió ayer, que se conmemoraba un año de los ataques terroristas en Bruselas, Bélgica, la capital de la política europea. El ataque es a la vez una llamada de atención a Donald Trump y también a su alter ego Vladimir Putin, el presidente ruso, quien decidió no asistir a la cumbre anti-Estado Islámico, en un gesto político que fue interpretado como una toma de distancia del Estados Unidos de Trump.
El combate al grupo Estado Islámico de Irak y Siria (ISIS, por sus siglas en inglés), el grupo terrorista que ha inspirado u orquestado los más duros ataques de los años recientes, sigue siendo un pendiente de las potencias que ya se pusieron de acuerdo en quién quieren que pierda –ISIS– pero no se han puesto de acuerdo en quién quieren que gane: Rusia busca que prevalezca el dictador Bashar al-Asad y Estados Unidos en tiempos de Obama impulsó su caída, pero Trump no ha mandado señales.
May y Trump están encumbrados. Pero no toda la ola es a su favor: sus imitadores en Austria y los Países Bajos tropezaron en recientes elecciones y ahora este estrenón. El primero.

Por: Carlos Loret de Mola A. /  [email protected]

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